Sí leyeras esto al momento que lo escribí, te preguntarías que me
anda pasando. Que por qué no duerme este muchacho, que estás no son
horas, que mañana hay que laburar, que va. Tenés razón. Por eso te debo
la verdad: esta noche me acosté muy triste.
Antes que me digan
algo, no; no me equivoqué de foto. La imagen es esta. La captura que
ilustra este ¿texto? ¿Ensayo? ¿Confesión? ¿Desahogo? es la correcta. No
es que padezca de algún síndrome de los que algunos anuncian con
alarmante liviandad por redes sociales, o que soy una jubilada de power
point que no sabe bucear en Google Images. Sé que todos eligieron
quedarse con una diferente. Supongo que en mi afán de sentirme
importante, de jerarquizar mis defectos, podría decir que soy distinto a
los demás. Aunque, honestamente, estaría faltando a la verdad.
Me quedé con ésta porque aunque ustedes no lo sepan, esa foto es el
símbolo del fin del mundo con el que alguna vez llegamos a soñar. Y
como todo masoquista, la pienso utilizar como un espejo de la realidad
en la que nos toca habitar, como un recordatorio de lo que tuvimos y no
pudimos disfrutar.
Si me sincero, bah, me confieso, debería decir
ciertamente que por un momento, por diez segundos, ese mundo fue
nuestro. En algún punto imaginario del Meridiano de Greenwich lo
paralelo y lo anhelado se encontraron para dar inicio a una etapa
efímera, pero gloriosa, que alcanza su clímax en el momento exacto en el
que algún fotógrafo desconocido y mal pagado disparó su cámara atrás de
un arco en Concepción.
Digo diez segundos porque el diez me
parece un número hermoso, y además me encantan los números redondos. Y
además (además) estoy muy triste para darle mucha rosca al balero y muy
cansado como para andar retrocediendo y avanzando en algún vine
recortado. Cerremos en diez, que va. Que para nuestra existencia, sigue
siendo un tiempo escaso.
Sé también, amigo que has llegado a este
punto, que este texto ya lo escribí muchas veces, de muchas maneras
diferentes. Advierto de nuevo, como casi siempre, que este cuento, si se
quiere llamarlo de esta manera, no tiene final feliz, aunque la
aclaración esté de más. Derribando las estructuras literarias que yo
mismo ayudo a reforzar en la facultad, esta historia encuentra su nudo
cuando deja de existir.
Pero sí, claro, tiene un principio todo
este verso, todo este chamuyo que ya te robó minuto y medio de lectura.
No voy a ser preciso, me da pereza hacerlo, pero acordemos que sucede
en algún momento del segundo tiempo entre Argentina y Paraguay. Tiene
protagonistas varios y unos cuantos actores de reparto.
El primer
artista es un chico rosarino, con cara de tarambana (cuantas veces me
han dicho que somos parecidos!) que está parado en diagonal al arco que
defiende Justo Villar. Sí la cámara pudiera rotarse y ubicarse
directamente sobre su expresión, estoy seguro, sus ojos sin brillo
apuntarían, paralelos, a cualquier parte. Ningún especialista en lectura
de señas podría adivinar lo que está tramando, el siguiente paso que va
a dar. Nada hace presagiar que está por redactar la carta magna de la
redención del mundo. Y sin embargo lo hace: Messi cambia la pelota de
derecha a izquierda y un ignoto jugador guaraní queda congelado en
alguna parte del Ester Roa.
Al mismo tiempo, cuando la gesta
lleva apenas dos segundos, una pareja de Kansas que, discutiendo, acaba
de revolearse con un zapato y un velador, se miran el uno al otro de
cada lado de la mesa de vidrio que ocupa el centro de su comedor. Ella
moquea desconsolada y está pálida, con los ojos hinchados de tanto
llorar. Él parece sacado de una adaptación teatrera barata de la vida de
Edgar Allan Poe, un oficinista borracho al que acaban de echar a
golpes de alguna cantina de mala muerte. En el instante en el que parece
que su matrimonio empieza a cavar un pozo en el subsuelo, un jugador
argentino al que ni conocen, que juega un torneo que no sabían que
existía de un deporte del que se burlaron en días mejores, acaba de
dibujar una hermosa gambeta, lo que sea que eso signifique. Y él hombre,
alienado por una fuerza cósmica que lo supera, lo envuelve y lo
humaniza, salta por encima de la mesa y besa a la mujer a la que acaba
de tirarle sus mocasines con una pasión y una devoción que creían ya
olvidada.
Con la mente todavía en blanco, Messi acepta con una
naturalidad escalofriante que el rival al que acaba de esquivar como si
fuese un cono ya no es un inconveniente para sus propósitos y sigue
avanzando con la pelota pegada a la zurda. Ahora son dos los paraguayos
que lo enfrentan y tras eludir a uno hamacándose a la izquierda y otro
con un similar movimiento hacia el lado contrario, puntea para Javier
Pastore, que lo espera en la puerta del área, incrédulo de lo que acaba
de pasar. Iban cinco segundos.
En Nigeria, en un barrio en la que
no existen las computadoras ni los televisores para ver los trucos del
Mago Lío, Sahíra, una nena de 12 años que acaba de casarse con un hombre
que no conoce y que la triplica en edad, logra desatarse las muñecas y
sale corriendo, semidesnuda, por las calles de Abuya. Sahíra no llora,
porque no es su naturaleza, pero francamente admite que tiene mucho
miedo, sobre todo cuando ve a un policía doblar la esquina y alumbrarla
con una linterna en la madrugada africana. Ella ignora que en ese
momento, el mundo está en estado de gracia, y que al mismo tiempo en el
que Pastore le devuelve la pared a Messi, el oficial se apiada de la
niña que tiene enfrente y la arropa con su campera de la Fuerza,
escoltándola hasta el edificio de la CRC, una de las pocas
organizaciones que existen en África que todavía vela por el derecho
infantil.
A esta altura del encuentro, el estadio de Concepción
es una verdadera tumba de emociones difícilmente reconocibles. Muy pocos
de los presentes asumen que acaban de ver una obra de arte, aunque lo
entienden, pero simplemente no logran detener los cantos de sus almas.
Ignoran que cuando Messi le devuelve la pelota al Flaco ya dentro del
área, dos abuelos que hacía tiempo habían tirado la toalla encuentran
sus cuerpos en una demostración de amor que excede los gestos que se
regalan cada mañana. Dibujan una jugada memorable mientras desconocen
absolutamente que un padre de familia en Salta, baleado seis meses atrás
cuando cerraba su casa de comidas, acaba de despertarse del coma contra
todos los pronósticos, porque quiere ver la final.
Más acá,
militantes de La Cámpora que salían a pintar bigotes fascistas en los
afiches de Mauricio Macri, se encuentran en Palermo Soho con Héctor
Magnetto y aunque el Ceo no puede, se abrazan esperando para gritar el
gol mientras apenas ven las acciones del partido a través de una ventana
mal polarizada de un chalet que se acaba de estrenar.
Iban ocho
segundos cuando Pastore le cedió el esférico por el centro a Messi y yo
dejé de prestarle atención al televisor y me volqué absolutamente a
Valentina, que siempre lo fue pero ahora me parecía más linda que nunca.
Fue un instante, pero fue glorioso. La miré fijo y todavía dudo sí las
palabras llegaron a salir de mi boca o solo las imaginé, pero estoy
seguro, de alguna manera en ese momento sublime le pregunté, conmovido,
extasiado, obnubilado y feliz, sí quería que, esta noche y para siempre,
tengamos un bebé. Ella no se dio cuenta. Estaba atrapada, también para
siempre, en la jugada mágica que estaba dibujando Lionel.
Lamentablemente para ese chico japonés que creía que podía volar y saltó
hacia el vacío de la imponente Tokio, los sueños son efímeros. Lo que
esta noche pasó en Concepción, la razón por la que duermo triste, esa
paz de diez segundos en la que no cayeron bombas en ningún país de
Oriente Medio, se cortó abruptamente cuando la pelota se fue un poco
larga y Messi remató, mordido, a las manos de Villar.