lunes, 6 de junio de 2011

Black Shoes

Bajó los últimos escalones de la entrada del Ministerio de Desarrollo casi preso de la angustia. Se cerró con fuerza el nudo de la bufanda y enfiló hacia el centro, con destino final incierto pero con la seguridad de que buscaba un lugar para almorzar.

Como si el destino y el horizonte se fuesen generando a medida de sus pies, se encontró con un drugstore apenas quebró la esquina. Esto le recordó mucho a la película El Origen y sonrió divertido ante las infinitas diferencias que existían en sí mismo con Leonardo Di Caprio.

El lugar, aunque nada ajeno a las luces y los grandes carteles, asomaba lúgubre. Unas pocas mesas, ni cerca de estar alineadas, se repartían entre heladeras semivacías. Las paredes cargaban un tinte de humedad de varias generaciones de distintos comercios que debían haber pasado por aquel local.

Se trataba de un lugar poco saludable, de condiciones higiénicas más que cuestionables. Naturalmente, él se sentía muy cómodo. Había algo, no obstante, que le provocaba cierta inquietud. Sorprendido de no haberlo notado antes, apoyó la mochila en la silla,  de espalda al grupo de cumbieros que lo habían notado, con miradas burlonas desde que cruzó la entrada.

Se acercó al mostrador y después de agradecer el vuelto, recibió el primer ataque. Mirá, el chetito puto dice gracias. El empleado lo miró con una mezcla de vergüenza y pedidos infinitos de disculpas. Atendía el lugar el local junto a su hermano, repartiéndose ellos dos solos las funciones de cocinar, servir, atender y limpiar. Humildes, y muy dignos. Él sonrió, de nuevo, y le dijo que no había problema.

                Se sentó entonces, a esperar su pedido, de frente al televisor. En la mesa más cercana, un hombre que había tomado ya dos botellas de cerveza mantenía un duro debate, a veces a los gritos, con una pared. Una familia de inmigrantes llenos de bolsos y bebés en brazos, deglutían con rostros llenos de desilusión. Y en el fondo estaban los turros. Ignoró con gesto despreocupado los insultos que le propinaban. Hasta escuchó (y no pudo evitar reír con gracia) lo careta de su forma de vestir, como si la visera y la ropa deportiva fuesen su única opción, no su elección. Su única posibilidad.

Una vez concluyó su almuerzo, se levantó elegantemente y se dirigió hasta el tacho de basura, para tirar los restos de su comida. Ya cerca de aquella mesa cumblera, ignorando los improperios una vez más. Hasta que, simplemente, una bola de papel le dio de lleno en la cara. Irradiado por las risas y el shock inmediato del cajero, decidió que era momento de actuar. El chetito flotó veloz hasta la heladera. El suceso de imágenes resulto algo confuso. Pero instantes después, destapó una botella de vidrio con las muelas, le escupió la tapa en la cara del primer turro que pudo cruzar. ¿Ves? Si tuviesen dientes, ustedes podrían hacer esto, les dijo desencajado, furioso, divertido. El chetito dio media vuelta y se retiró indignado, haciendo caso omiso de los aplausos que le dedicaba el resto de la gente que estaba en aquel lugar.

viernes, 29 de abril de 2011

Mueca

Dedicado a mi amigo Carlitos Romero.


No me cabe duda que merecí a mis enemigos, pero no creo haber merecido a mis amigos.

Walt Whitman

Siempre fui un tipo nocturno. Tal vez tenga cierta importancia el hecho de haber nacido en medianoche, aunque es poco probable. Quizá ese dato no tenga tanta relevancia como decir que crecí durmiendo de día. Creo, finalmente, que ambos detalles son de poca utilidad con el creciente de la historia. Sin embargo, pasar las madrugadas en vela han dado frutos a este y otros tantos textos.

                En las largas noches que he pasado buscando la forma de soñar sin sentir dolor he ido dilapidando días sobre mi cuerpo cansado. La búsqueda se volvía inútil y mi existencia misma, a quien la gravedad afectaba más que a cualquier persona, se veía tentada por el piso cada vez que asomaba un balcón o cualquier superficie que burle los estándares humanos. En esas mañanas tan frías aun en verano, descubrí que el horario me ponía de un buen humor macabro, forzado por alguien que no era yo. Y me vi en el espejo haciendo muecas incontrolables. Contorsionaba el rostro en forma paulatina y diabólica, como poseído por un payaso que nunca hizo reír a nadie. La situación me horrorizaba profundamente. Por eso mi cara se reía, explotaba mi sonrisa hasta hacer un gesto de felicidad tan irreal como perverso e inhumano.

                En esos momentos de reflexión, estando sumido a los rigores de que alguien mueva los brazos por mí, analicé si muchos de los besos que había dado a estas horas fueron obra de otra persona. En la memoria descubrí que eran varias mujeres, muchas de ellas inmediatas y una estupidez innata se rió vanamente. Qué lejos estaban, y que entrañables los momentos que las sonrisas no eran más que el producto de las profundas charlas con Carlitos, el más demostrativo de mis amigos. Durante mucho tiempo, quizá sin saberlo, caminar con él por el patio era como que en cualquier cárcel se otorgaran diez minutos de libertad.

                Pero ahí estaba yo, sumido en mis mujeres y los besos que dejé alguna vez. ¿Qué tanto de mi era yo mismo? ¿Realmente había amado o todo era parte de un cruel engaño producido por el sopor? Perdido en mi interior, me sentía tranquilo, como si nunca me hubiesen lastimado. Recordé ese último beso apasionado, donde sentí que dejaba el alma y me alejaba del suelo aferrándome a su cuerpo con lujuriosa obsesión. Y temí que el momento en que aquellos labios se encontraron no hubiese sido más que otra mueca inevitable. Otro producto inagotable del semillero  de mi cansancio, que en estos momentos, duda acerca de si es él quien escribe o si realmente soy yo.

sábado, 2 de abril de 2011

De Pie, Los Caidos.

Los soldados de la patria no conocen el lujo, sino la gloria.
José De San Martín


Siempre me cuentan que mi papá era un tipo divertido. Mamá siempre que me dice eso sonríe como viendo pasar delante suyo los recuerdos.“Siempre, no importaba el momento, salía con algo que te hacia reír” me detallaba en nuestras largas y profundas charlas que siempre terminaban en llanto. Nunca pude llorarlo, porque no lo había conocido. Mi viejo tenía mi edad ahora cuando una mañana fría se levantó temprano a comprar facturas, lo agarraron entre dos, lo subieron a un camión y después lo mandaron a Malvinas. Siempre va a quedar en mi la eterna duda de si mi papá se resistió o simplemente aceptó con valentía, o si había llegado o no a comprar el diario y las facturas.  Me contaron, simplemente, que apenas pudo llamar por teléfono a mi abuela para explicarle porque no iban a volver a verlo nunca más. Moriré yo también entonces con la incertidumbre de saber si mi papá era un tipo valiente, si tenía miedo, si pensaba que íbamos a ganar o a perder, si era consciente de que iba a morir en la guerra dejando una novia embarazada, un hijo por conocer.

Pasaron 20 años y estoy orgulloso de mi papá. Por lo que sé, por lo que hizo, por lo que puedo imaginarme. Porqué jamás sabré si el tipo en la guerra fue un valiente que mató a tres ingleses con una ametralladora, o fue esos típicos héroes de película que se cargo un amigo herido al hombro y corrió por la colina atestada de cuerpos y balas. Pero sé que mi viejo a los 20 años embarazó a una mina y se hizo cargo, que laburaba de sol a sol para que mi vieja y yo podamos tener todo. Un tipo al que sus amigos fueron mis tíos, porque para ellos él fue un hermano. Un deportista todo terreno, que según mi abuela, que Dios la tenga en la gloria, nunca se la creyó. Y a veces, cuando le escribo sensibles cartas que jamás podrán ser respondidas, le pregunto qué piensa de lo que ahora soy yo. Si  habrá estado ahí en cada uno de mis actos de la escuela, en cada recital con los chicos de la banda. Si se habrá decepcionado más porque no me gusta el fútbol o porque le “tocó un hijo puto que estudia diseño”, porque me gusta más lo suave y no tanto el rock and roll.  Aún así, nos encontramos en una oportunidad. Uno de mis compañeritos de jardín tenía bajo el pintor una remera albiceleste. Ese día, me explicaron, jugaba la selección. Si tener noción de las cosas, simplemente vi todo el partido y lloré desencajado en los brazos de mi madre cuando Maradona metió el segundo gol. Pasaron los años y jamás entendí esa escena, como jamás logre entender mucho la estética del gol. Para mí Era un tipo que corría y esquivaba muñequitos.

Pero fue una tarde de 2 de abril, un sábado, cuando en un zapping interminable de las dos de la mañana, en un deportivo me encontré con ese gol. Ahí la tiene Maradona lo marcan dos. Pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial. Me enderece en mi silla hipnotizado por cuestiones misteriosas mientras dejaba a mi corazón volar con el relato. Siempre Maradona, genio GENIO TÁ TÁ TÁ. Gol. Explote en mi silla, como seguro explotó mi viejo en el cielo cuando grito ese gol. Y ahí entendí mi llanto de hace años, entendí que mi viejo vive en mi y lo sentí tan cerca que podría decir que me abrazó. Y entendí porque la gente le dice Dios a Maradona, si hasta provocó que dentro mío resucitará mi viejo, una inexplicable unión entre el paraíso y este infierno. Es para llorar, perdónenme, dijo Víctor Hugo. Pero él se equivocó. Porque el gol no lo metió Diego, el ídolo de los chicos. Para mí lo metió mi viejo, allá en Malvinas. El único héroe que tengo yo.

En Homenaje a todos los caidos y a los que volvieron. A las familias que fueron destruidas. A un país que todavía no sanó.

martes, 8 de marzo de 2011

Todos se van a Morir (Parte Segunda)

El resurgir del mal, se basa en esa revancha que en el fondo siempre queremos, el poder. 
Luis Gabriel Carrillo Navas


















Mi cuerpo inerte, solo resaltado por la brillantez de mi infantil sonrisa, yacía bañado en sangre en aquella bañadera oscura, en ese baño de azulejos blancos y negros tan cinematográfico como de terror. O por momentos rodaba por sobre la luneta de un auto mientras estallaban en el aire y cortaban mi rostro infinitos cristales, para dejar mi mullido cadáver en el asfalto, como cuando soñé que caía desde un piso bien alto..

La gente,  que aparecía de todas formas y desde ningún lado al mismo tiempo, lloraba desconsolada. Las acusaciones, aquellos furiosos gritos de culpa rasgaban el aire como un rayo en una noche tranquila. Y en el fondo de la escena, mi mirada sin vida. Los ojos vacios contemplando la nada misma y nadie abrazándome, nadie que intentara resucitarme. No podría explicarse que tan excitante era para mí imaginar mi propia muerte. Dedicaba, con sumo empeño varias horas al día en soñar una muerte lo suficientemente poética como para dejar una enseñanza.

Mientras tanto, en el colegio las cosas no iban mejor.

Se corría por los patios detrás de las mujeres, en un claro contraste con los demás compañeros del turno mañana, que nos miraban con burla. Yo era el único que podía notarlo y estaba horrorizado, pero esa fuerza cósmica de la pelotudez no podía permitirme evitarlo. Finalmente, la primer parejita del curso se había formado y aunque noté progreso en las acciones, aun sentía que estábamos lejos de la madurez que mi otro yo había alcanzado.

En el curso no se hablaba de otra cosa. Ni de fútbol (las interminables charlas con Facundo, el único con quien siempre hable calmadamente, eran un bálsamo) ni de música ni de otra cosa. Carolina y Gonzalo, dar los primeros besos, las primeras fantasías, la curiosidad por saber que esconde el sexo opuesto debajo de sus ropas interiores se transformó inevitablemente en el centro de la escena.

El primer conflicto se desató entre mis dos personalidades. El yo escolar estaba a años luz de llegar al nivel de mis compañeros, me daban pánico las mujeres. El adulto, estaba muchos años más arriba que mis compañeros. Se perdió el equilibrio y desesperé. Para colmo, ella siempre seductora, me daba besos en la oreja, me decía cosas chanchas al oído. Y aunque yo sabía que no era fiel, no podía evitar soñar con ella, encontrarnos un día en cualquier cama para fundirnos en lo más profundo y desesperado, para despertarme después sin despertarme, sin ningún latido en el corazón. Y en un instante de lucidez, me vi solo en el límite. Y encontré lo que creía una solución, la más desesperada e increíble, ahora lo puedo ver. Sumido en el silencio de la clase, empujado por los gritos y aullidos de mi alma, me puse de pie en la clase, mientras todos estudiaban. Los miré con gravedad y señalándolos, les grite mi verdad: Todos se van a morir. Una catarata de risas invadió el salón. Yo advertía su futura muerte, ellos... Solo un chiste más.

jueves, 3 de marzo de 2011

Todos se van a Morir (Parte Primera)








A mi amigo Facundo,
Testigo presencial de mis vaticinios de muerte,
Impulsor desvergonzado de esta publicación.



Si no conocemos todavía la vida, ¿Cómo va a ser posible conocer la muerte?.

Confucio.



Sabíamos con Facundo que un titulo tan cargado de soberbia podía espantar al lector, pero no nos importaba. Después de todo, ¿Para quién estaba contando yo esta historia sino para mí mismo, para cuando mi memoria pierda ese lugar de privilegio entre mis virtudes? De todas formas, esa voz interna que gemía dentro mío debía admitir que encontraba interesante que alguien leyera este texto, que tal vez, este título, tan prepotente e irrefutable, atraiga a quien se lo encuentre a continuar estas líneas.

En el séptimo grado, uno se siente grande aun a conciencia de la inconsciencia propia de la prea adolescencia. Eran tiempos de cambios, nuevos horarios, la liberación de poder salir antes del colegio ante la ausencia de un profesor nos hacía sentir mucho más dueños de nosotros mismos. A nivel personal, mi oportunidad personal de forjar un carácter jocoso que ante la ausencia de belleza física de un regordete de 12 años, era mi única arma para despertar elogios femeninos (si  así  queremos llamar a nenas con su primer corpiño). Hago esta aclaración porque es probable que se me juzgue por mis acciones en el transcurso de aquel año, no intento justificarme, sino dar una explicación de mi estupidez.

Si los niños nunca mienten (solo exageran), podemos decir que los adolescentes no lastiman, sino que bromean con suma acidez. Molestar a todos con excesiva crueldad, con la más radiante de las sonrisas a pesar de decir las cosas más hirientes puede resultar contradictorio, más aun si les digo que yo tenía entonces buenas intenciones. A eso voy de la conciencia inconsciente, a burlarse teniendo en cuenta el grado de mis acusaciones, pero acallando a mi voz interna con las risas de los demás y con un pícaro “nah, tú que sabes” que le quitaba dramatismo a la escena.

Fue en esos tiempos donde la descubrí y quede prendado de ella, fascinado por su carácter implacable. No recuerdo como fue bien que la conocí, admito que dicha información sería útil para acrecentar mi relato, pero sería un delito manchar estas hojas con mentiras, en una historia tan palpable como real. Fue a los doce años cuando tome conciencia de su existencia y comencé a cortejarla. A la tierna de la pubertad, yo coqueteaba con La Muerte.

No diría que estaba obsesionado, sino más bien maravillado. Había descubierto EL Fin y eso me abría la puerta hacia el resto de mi vida. Podía comprender ahora cada uno de los intereses, sentir cada una de las acciones que mis papás había preparado para traerme a la vida, para educarme y lo que intentaría dejarme para cuando Ella, voraz, viniera a buscarlos. Estaba muy lejos de sentir miedo. Pasé varios días encerrado, consumiendo los avisos fúnebres de los diarios, donde La Muerte exhibía impunemente algunos de sus nuevos trofeos.

Para ese entonces, donde la muerte para la mayoría de mis compañeros seguía siendo ese abuelito que estaba en una estrella y ya no íbamos a ver más, era para mí la absoluta comprensión que implicaba la desaparición física de una persona y del legado que ello pudiese conllevar. Razoné entonces los motivos que podían llevar a una persona a adelantar su llegada y admito (no sin vergüenza) que la curiosidad me dejo llevar. Definitivamente La Muerte me había enamorado.

Fue la etapa donde se acrecentó mi rebeldía. Le había comentado a mis compañeros, profundamente excitado, sobre mis nuevos conocimientos pero me vi ignorado, como si la sola mención del tema les produjera dolor de cabeza y el recuerdo del gatito que les acababan de atropellar. Frustrado pero no rendido, forje el macabro plan debajo de la careta del tonto del curso. Porque en una época de cambios, donde entre mis compañeros descubrían la menstruación y la masturbación, mi madurez viajaba por límites insospechados para quien me escuche. Dejé en mi casa entonces aquel perfil más adulto (que yo calculaba, estaba haciendo un postgrado en la UBA) y llevé a la escuela a ese niño risueño y bien intencionado, pero no sin antes tomar ciertas cosas del otro prestado. La muerte es intachable, pensé. Necesitaba encontrar la formar de hallar el equilibrio para madurarlos a todos. Tomé la crueldad entonces, como plataforma de mis vaticinios posteriores.

Paralelamente, había comenzado a fantasear con la muerte propia, de la cual ya me sentía amo.

Continuará.