
lunes, 14 de febrero de 2011
Charla con mi Abuelo.

sábado, 5 de febrero de 2011
Bestia.
Le gusta al frió monstruo entrar en calor al sol de las conciencias limpias.
Friedrich Nietzsche.

Corrí lejos suyo duramente meses, tan alejado que por momentos me convencí de haberlo ahuyentado. Nunca pude, admito, dejar de mirar atrás para ver si el todavía me perseguía. Finalmente me detuve y escondí tras un árbol, para descansar. Fue un tiempo tan prolongado, que no reparé en observar que pasaba conmigo. Aquel mounstro me había atormentado tantos años, que el miedo me impidió ver lo que necesité. Me siguió a todas partes, atacando a las personas que siempre amé.
Pero mientras corría, la paz se fue adueñando de mi. Lo analice de muchas maneras y me dije que la más probable era que ya no tenía con quien, ni porque pelear. El mal humor y el miedo se borraron de mi entonces y empecé a analizar volver a vivir. Conocí nuevas personas. Probé nuevas cosas. Y me olvide por un tiempo que el mounstro estaba ahí.
Pero una noche, de esas que creí perdidas, jugando a las escondidas con la bestia me encontré. Tenía los ojos rojos y la mirada algo perdida. Las venas de sus brazos estaban profundamente marcadas contra su piel, roja como el calor del fuego. No obstante no pudo verme ni parecía dar conmigo, su sola presencia me alteró. ¿Cómo animarse de nuevo al amor y a la vida con aquel mounstro al acecho? ¿Qué tan irreal era aquel asesino si el espejo lo reflejó? ¿Cómo se hace para matar a alguien, que todo este tiempo fui yo?
Leo Timossi 5-2-2011
martes, 1 de febrero de 2011
Spark
No habían existido más señales de algo extraño a mi alrededor (cierto era que aun no le había dado tiempo) cuando puse el pie en el ascensor. El edificio de siempre, el departamento de siempre. Alejarme de Mar del Plata, ahora admito, me provocaba cierto alivio después de mi última visión. Razoné que, al estar rodeado de mis amigos, estaba más liberado a mi instinto y que tal vez eso influyó en mis percepciones. Ya inmerso en la familia entonces, crecían mis chances de ser algo normal. A pesar de mis inminentes veinte años, aun me sigo sintiendo protegido por mi padre. Supongo que hay lazos que uno no puede romper, sobre todo cuando uno crece creyendo ver gente que no existe más.
Estos días han transcurrido sumamente raros o mejor dicho, inusuales. Cualquiera puede pensar que escuchar ruidos en una habitación ocupada por adolescentes es parte de cirscuntancias normales (que taquillero y emocionante para mi sería exagerar esta parte de la historia, aduciendo que ese departamento lleva años desocupado) pero ese cualquiera puede jurar que esos ruidos son sonidos jamás escuchados. Y esa habitación esta encima de mi.
Es un edificio chico, normal en realidad para este lugar. Seis pisos de tres departamentos cada uno, una terraza doble con un lúgubre quincho clausurado con un oxidado candado. Es posible que haya cruzado ya a los propietarios del cuarto, incluso que hayamos bajado juntos del ascensor. Qué cara pondrían si les preguntase que son esos ruidos que escucho incluso ahora mismo, mientras escribo esto en el celular? Como si alguien muy pesado cayera y alguien lo quisiese arrastrar..
Pero el edificio me tenía más sorpresas que recién hoy quiso mostrar. La tormenta que anuncian hace varias horas todavía no quiso estallar. Como imaginan, llevo varias horas lejos de soñar. El calor pide a gritos una tormenta eléctrica, no asi mi alma tan inquieta. De todo esto ya pasó más de una hora. Y si, les aviso que pasó exactamente a las tres de la mañana, creer o reventar.
Estaba dando vueltas en la cama cuando la chispa que alumbró la ventana me sorprendió. Venía desde abajo del vidrio y creí escuchar cierta descarga. De no estar el cielo cubierto de nubes no hubiese dudado de que algo estaba por hacer corto y explotar. Pero era una probable noche de rayos y elegí creer que eso era. De qué otra cosa se podía tratar? No recordaba transformadores aparentes cerca del ventanal..
No pude con mi genio. La falta de sueño y esta nueva intranquilidad pudieron conmigo y me asomé por la ventana de la cocina para ver si había comenzado a llover, ya que los ventiladores no me dejaban escuchar. Nada. Admito que no pensé ni un segundo relacionar los ruidos con aquella chispa misteriosa. Quizá esto me haga un iluso o un brillante detective. Puedo escribir lo que sigue, pero aun no conozco el final.
Los murciélagos revoloteaban intranquilos de la misma forma que chillaban, probablemente buscando cubierto para cuando la lluvia decida comenzar. Recordé con resignación que la ventana del baño estaba abierta. Estando en un quinto piso y en un día como este, nuestro sanitario parecía un lujoso sitio para pernoctar. Cerré la puerta con apremio, ni siquiera me tomé el tiempo de fijarme si alguno había alcanzado a entrar. Me acosté de nuevo pensativo, convencido ya de que dormir era utópico. Justo a tiempo para ver otra chispa brillar.
Me vestí tan rápido como pude y ya en el pasillo, subí los pocos escalones que me separaban de la puerta del ascensor, sin analizar lo cerca que estaba del sexto piso. Llamé al ascensor, que sonaba defectuoso subiendo desde uno o dos pisos más abajo. Abrí la despintada reja corrediza (digna de una vieja película de terror) y subí en el más inquietantes de los silencios. Pero antes de que pudiera apretar el botón de planta baja, el viejo aparato ya descendía otra vez.
La luz del pasillo!- Gritó una voz adentro mío. Estando a oscuras las luces de los corredores y escaleras de los seis pisos, yo no tenía ninguna posibilidad de ver la cara de quien iba a subir conmigo al ascensor. La tenue luz que emana el elevador apenas me dejaba distinguir mis propios pantalones. Y siendo sinceros, que alguien este despierto a las tres de la mañana, usando el mismo medio que yo no era una situación habitual. El cacharro se detuvo en el tercer piso, que como yo esperaba, tenia la luz apagada. Espere un segundo que alguien se subiera, un segundo que fue eterno pero interiormente yo sabía lo que estaba pasando. Abrí la puerta violentamente y alumbré como pude con el celular. La sangre se me puso helada, una vez más como yo esperaba: El pasillo aparecia desierto, no había nadie para abordar.
Cerré la puerta sin ver y apreté “PB” con desesperación. Solamente tardó seis segundos, en los que pasaron por mi mente millones de cosas. La chispa, el ruido, los murciélagos, la nena de Mar del Plata.. Salí del ascensor tan rápido como y nada me sorprendió ya, porque ni bien cerré la puerta, este se movia otra vez y me quede mirando el tablero para ver donde se detenia, aunque ya lo sabia, la verdad. El Ascensor se quedó en el tres.
Pegué la oreja a la puerta, inseguro de querer escuchar si alguien subia pero sin poderlo evitar. Nada. La quietud se hizo uno con el edificio, de nuevo incluso por un segundo, mi corazón pareció colaborar. Intenté de nuevo. Apreté el botón y el elevador bajó hasta donde yo estaba, instantes después, el tercer piso lo volvió a llamar. Me encogí de hombros y resignado, di media vuelta. Existia una razón bastante simple para explicar esto, tanto como decir que el botón del tercer piso se había trabado. Pero dentro mio había tantas razones que invitaban a lo contrario..
Abrí la puerta que me separaba de la calle con la llave ya preparada y saltando el cantero, hice lo propio con la reja que separaba las cocheras, demasiado perturbado como para destrabar. Me acerqué al patió donde estaba mi auto e intenté encontrar la fuente de la chispa: Ni siquiera un cable que pudiese producir cierta tensión. Solo vi dos tipos en la ventana del primer piso a los que debo haber asustado, por lo que hice girar las llaves en mi dedo para que las escuchen y vean que era de ahí, que podía haber abierto (aunque no lo hice) y que no era un ladrón.
Tenía una nueva preocupación, que ha decir verdad, ahora veo insignificante, como era lidiar con la policía. Mal que me pese entonces, debía entrar y usar rápido el ascensor. Una vez adentro, la escena se repitió. Aquel puto cacharro se movía solo, endemoniado. Intenté frenarlo y abrí la puerta entre el uno y el dos. Se detuvo, pero al cerrar la puerta nuevamente, entendí que iba a terminar de nuevo en el tres.
Esto pasó y yo no les miento, cerré los ojos. Sinceramente, no sé porque estoy escribiendo, con qué finalidad, tan desesperado como para escribirlo como borrador de celular. Quizá sea mi triste docencia, mi manera de advertir al mundo o de anticipar mi muerte. Porque yo, ya con los ojos cerrados y confinado en ese viejo ascensor en el oscuro tercer piso, escuche a esa nena reír y después gritar.
Leo Timossi 26-1-2011
sábado, 15 de enero de 2011
Despedida
Vacaciones. El blog se toma vacaciones web, pero no en mi mente. Espero encontrar (o no) motivos para escribir nuevos textos. Hasta febrero no nos encontramos, pero antes, les quiero dejar lo último que escribí, esta mañana. No es muy bueno, pero si sincero, y fue escrito como borrador del celular.. Un saludo para todos.
Se despidieron y en el adiós ya estaba la bienvenida
Mario Benedetti

Hubiese creído que era un sueño, de no haber sido tan palpable, tan real, el movimiento de tu respiración. Aun con el ventanal a mis expensas, no tuve compasión con mi mirada desafiante. Observé divertido cada uno de tus movimientos, incluso aquel que obligó a mis brazos a soltarte. La paz en tu expresión aumentó todavía más mi miedo que me veas al despertarte. Esto se alejó millas de lo que pude haber planeado. Pocas cosas son ahora comparables con la tentación de arrancarte la boca, y aunque hace horas que tengo que irme, tu sonrisa muda me niega alejarme. Ojala pudiese saber que estas soñando. Ojala tuviese el valor de no dejarte.
Leo. 14./1
sábado, 20 de noviembre de 2010
Dolore

Una vez que pude abrir los ojos y observé al fin a mis hermanos, me contuve de las lágrimas y de volverlos a cerrar. Son los primeros recuerdos de mi pobre memoria, el último en ser rescatado de aquella caja, ese horrible lugar. Una vez estuve entre sus brazos, apenas pude expresar mi gratitud en tibios ladridos. No les importa que yo fuera feo, porque no era algo lindo lo que venían a buscar. Querían algo fiel, guardián y fuerte, y era lo que yo les podía dar.
Ya en casa las cosas fueron felizmente transcurriendo. Yo era mimado y retribuía con creces ese afecto. Podía pasarme horas recibiendo caricias, jugando ininterrumpidamente hasta mis ojos de cansancio cerrar. Ellos me querían y yo los amaba. Mi mente juvenil no comprendía la existencia del mal. Juntos, dueño y mascota fuimos creciendo y midiéndonos la confianza como par. Pero, a medida que fui creciendo, las cosas comenzaron a dejar de cerrar. Es probable que haya cometido yerros, no lo voy a negar. Pero cuando yo crecía fui perdiendo el respeto, de a poco fueron desplazándome de mi lugar. Entonces, me fui poniendo viejo y me puse más celoso de los que se acercaban a mi hogar. Y les ladré, con fuerza y fui castigado, justo yo, que ironía, si me querían por guardián!
Finalmente una tarde, mi dueña y yo nos miramos y comprendí que mi estadía no se prolongaría mucho más. Fui desechable y al verme más gordo dudaron de mi fidelidad, si hasta de mi fortaleza se burlaron cuando me escucharon rasgar y llorar. Gané (porque perdí) la calle cierta noche y corrí a ciegas, no tuve tiempo de analizar cómo podía terminar. Y ya en el asfalto me hice de nuevo fuerte, pelee a pura dentellada por un pedazo de comida, le gruñí a cualquiera que me quisiese amedrentar. Pero cuando dormía soñaba sus caricias. Con el tiempo fue normal llorar al despertar.
Porque yo tenía todo, comida, fuerza y una jauría que me seguía. Pero algunos perros necesitamos a las personas solo por su compañía. Que me importa la comida!? Imploraba cariño, alguien que me rasque donde yo no pueda llegar.
Leandro Timossi. 20/11/2010