domingo, 29 de mayo de 2016
miércoles, 27 de abril de 2016
Tom
Anoche tuvimos un desacuerdo con Tom.
Tom, como muchos ya deben saber, es mi perro, un cuzquito de casi tres años que nos cambió la vida a todos. Nosotros no estábamos muy decididos a tener una mascota de nuevo (las experiencias pasadas, por H o por B, no habían sido del todo exitosas) pero un día aparecí con el jagüa en casa y nadie pudo hacer mucho para evitarlo.
El hecho es que Tom, como muchos otros
perros de familia, lleva una vida corta y prácticamente sin
preocupaciones. Tuvo la suerte de que lo rescatara de la calle Avipa,
una grupo de gente que quiere más a los animales que yo a los sanguches
de milanesa, cuando apenas podía abrir los ojos. Un día fui a buscar
otro perro que había visto publicado y me encontré con él, en el
mostrador, que de tan confiado y feliz que estaba por el trato
dispensado, se me acercó y me empezó a besar la cara. Me lo llevé (o él
se vino conmigo) y desde entonces ha cumplido a rajatabla la única
función que uno puede pretender de un cachorro cuando lo trae a casa:
Tom da amor.
Gracias a su carisma y su inteligencia, Tom se ha ido ganando el respeto y los favores de todos, incluso de papá, símbolo de la corteza dura y del hombre con pelo en pecho. Por eso, por el triunfo de la meritocracia, Tom desde hace unos cuantos meses duerme adentro, algo que nunca otro perro había logrado en nuestra casa. Primero fue algo paulatino, un día papá lo descubrió y lo sacó, al otro día no le dijo nada y de repente a todos nos llamaría la atención no tropezarnos con él cuando nos levantamos al baño o a tomar agua.
Pero anoche tuve un desacuerdo con Tom. Uno de los primeros. He de reconocer que es lógico: prácticamente desde que nació pasó una vida sin dificultades. A lo bueno uno se acostumbra rápido, ¿No?
Lo concreto es que anoche, cuando me levanté de madrugada para tomar agua, encontré a Tom, mi perro cuzquito, durmiendo en el sillón del living, como todos los días, pero con una pequeña diferencia.
Tom temblaba.
Tom, el perro que pasó dos inviernos durmiendo en el lavadero, que hace un puñado de meses miraba la luna en primera persona y se peleaba con los gatos que lo gozaban desde la pared, ahora temblaba porque tenía frío, dentro de casa.
Lo primero que hice, instintivamente, fue taparlo con una toalla que encontré por ahí. Soltó un pequeño gruñido, de satisfacción tardía, y se dejó hundir más en el sillón. Me sorprendió tanto que tardé unos segundos en reaccionar.
Le saqué la toalla y me miró con sorpresa, como a quien lo despiertan tirándole un vaso de agua. Le abrí la puerta del patio y lo invité a irse. Instantáneamente bajó las orejas, asumiendo un error que nunca va a comprender. Insistí. Comenzamos un duelo de miradas ridículo entre un perro y un hombre en calzones.
Salió. Cerré la puerta y lo miré atrás del vidrio. Conté sesenta segundos y lo dejé entrar, mientras él lloraba.
En ese momento, Tom fue la felicidad. Durmió cómodo y calentito. La toalla quedó en el piso y ya no volvió a pedirla.
Todos necesitamos, cada cierto tiempo, que nos abran la puerta del patio.
Yo llevo durmiendo afuera casi dos meses.
Tom, como muchos ya deben saber, es mi perro, un cuzquito de casi tres años que nos cambió la vida a todos. Nosotros no estábamos muy decididos a tener una mascota de nuevo (las experiencias pasadas, por H o por B, no habían sido del todo exitosas) pero un día aparecí con el jagüa en casa y nadie pudo hacer mucho para evitarlo.
El hecho es que Tom, como muchos otros
perros de familia, lleva una vida corta y prácticamente sin
preocupaciones. Tuvo la suerte de que lo rescatara de la calle Avipa,
una grupo de gente que quiere más a los animales que yo a los sanguches
de milanesa, cuando apenas podía abrir los ojos. Un día fui a buscar
otro perro que había visto publicado y me encontré con él, en el
mostrador, que de tan confiado y feliz que estaba por el trato
dispensado, se me acercó y me empezó a besar la cara. Me lo llevé (o él
se vino conmigo) y desde entonces ha cumplido a rajatabla la única
función que uno puede pretender de un cachorro cuando lo trae a casa:
Tom da amor.Gracias a su carisma y su inteligencia, Tom se ha ido ganando el respeto y los favores de todos, incluso de papá, símbolo de la corteza dura y del hombre con pelo en pecho. Por eso, por el triunfo de la meritocracia, Tom desde hace unos cuantos meses duerme adentro, algo que nunca otro perro había logrado en nuestra casa. Primero fue algo paulatino, un día papá lo descubrió y lo sacó, al otro día no le dijo nada y de repente a todos nos llamaría la atención no tropezarnos con él cuando nos levantamos al baño o a tomar agua.
Pero anoche tuve un desacuerdo con Tom. Uno de los primeros. He de reconocer que es lógico: prácticamente desde que nació pasó una vida sin dificultades. A lo bueno uno se acostumbra rápido, ¿No?
Lo concreto es que anoche, cuando me levanté de madrugada para tomar agua, encontré a Tom, mi perro cuzquito, durmiendo en el sillón del living, como todos los días, pero con una pequeña diferencia.
Tom temblaba.
Tom, el perro que pasó dos inviernos durmiendo en el lavadero, que hace un puñado de meses miraba la luna en primera persona y se peleaba con los gatos que lo gozaban desde la pared, ahora temblaba porque tenía frío, dentro de casa.
Lo primero que hice, instintivamente, fue taparlo con una toalla que encontré por ahí. Soltó un pequeño gruñido, de satisfacción tardía, y se dejó hundir más en el sillón. Me sorprendió tanto que tardé unos segundos en reaccionar.
Le saqué la toalla y me miró con sorpresa, como a quien lo despiertan tirándole un vaso de agua. Le abrí la puerta del patio y lo invité a irse. Instantáneamente bajó las orejas, asumiendo un error que nunca va a comprender. Insistí. Comenzamos un duelo de miradas ridículo entre un perro y un hombre en calzones.
Salió. Cerré la puerta y lo miré atrás del vidrio. Conté sesenta segundos y lo dejé entrar, mientras él lloraba.
En ese momento, Tom fue la felicidad. Durmió cómodo y calentito. La toalla quedó en el piso y ya no volvió a pedirla.
Todos necesitamos, cada cierto tiempo, que nos abran la puerta del patio.
Yo llevo durmiendo afuera casi dos meses.
jueves, 21 de abril de 2016
Ambiciones
ACLARACIÓN INICIAL
Lo que estás por leer no es un cuento, ni es un relato. No es ficción, ni una parábola bíblica. No es un retazo de un libro de Ari Paluch. Lo que escribo a continuación es mi mejor consejo. Dejalo, o seguí leyendo.
Hasta hace no mucho tiempo, creía que la ambición era una palabra muy, muy buena. Cada vez que yo estaba por cometer un error, encontraba a la ambición como mi mejor aliada contra la lógica, el amor y la coherencia. Siempre era mi excusa, así dividí al mundo: ambiciosos y conformistas. Así le dí para adelante.
Claro que ahora entiendo que la palabra ambición sigue siendo una de las buenas, una de las lindas, en su justa medida, en su debido enfoque. Pasa que en mi diccionario, al lado había una palabra chiquita, un tanto borroneada porque me daba (y me da) vergüenza, tanto que ya no se puede leer. No recuerdo puntualmente el término, pero algo tenía que ver con un billete.
Como muchos otros pelotudos que habitamos el mundo, en algún momento entre la vida y la muerte me dejé convencer por la idea de que me iba bien porque todos los meses encontraba en mis cuentas unas cuantas ambiciones nuevas. Creía que esas ambiciones compraban casas y autos, pero no entendía, no en términos mercantilistas sino emocionales, que no compran la gente que los habita.
En esos tiempos de billeteras gordas, yo cobijaba en mis adentros un oscuro deseo con el que fantaseaba a diario: ganarme muchos millones en la lotería y así, comprarme muchas casas enormes, a medida, autos cómodos y veloces. Aunque nunca jugué a la lotería.
Cuando tenía 21 años, ambicionaba con ser el mejor periodista de todos los tiempos. Con escribir libros y que la gente se enamore de mi voz (literaria). Quería ser un papá joven, un divertido y alegre papá joven, como fue el mío, y mis ambiciones no pasaban de esas, de enamorarme de una chica linda y hacer reír a mis amigos los viernes.
Ahora resulta que tengo 25 y ya dejé de creer que podía ser un periodista destacable, al menos. Me conformo con que los hinchas de Gimnasia y Estudiantes no me puteen por twitter. Escribo estados en el caralibro. Ya no voy a ser un papá joven, mucho menos alegre y a mis amigos los aburro tanto que cada tanto fantaseo con que tienen otro grupo paralelo de what’s app para no invitarme.
¿Cuándo fue que me convencieron de ser un pelotudo? ¿Cómo fue que no me di cuenta lo que me perdía a mi alrededor?
No dejes nunca que la plata te diga lo que tenés que hacer. No dejes nunca de seducir, de seducirte, de enamorarte de cosas que públicamente te darían vergüenza. No seques tus venas de sangre, no dejés de creer que podés cambiar el mundo, aunque el mundo todos los días te demuestre que es una mierda. Lleva a esa chica que te gusta a cenar, hacela sentir especial, importante. No esperes que el chico con el que te pasan cosas acelere, porque a lo mejor es un cagón que no se anima a decirte lo mucho que te quiere. Yo sé por que te lo digo: sino después terminas soñando con loterías.
Y otro día, cuando ya es muy tarde, te encontrás solo en una plaza, ambicionando compañía mientras el sol se va andá a saber donde.
lunes, 18 de abril de 2016
El Mercado de Almas
Cuando entramos, además del calor que se diferenciaba de la noche cubierta, me golpeó la inmensidad del pequeño universo que desconocía y ahora tenía frente a mis ojos. Alguna vez fue un hogar fastuoso, en otra oportunidad una casa vieja; ahora era una pasarela interminable de personajes variopintos, de sombras de versiones de estudiantes, buscavidas, gerentes y banqueros.
Gastón me guía y la marea nos lleva a escenas repetidas en patios diferentes. La iluminación es tenue; mira desde arriba una araña de luces que nunca sintieron el beso eléctrico de un interruptor. Camino maravillado ante el festival de lujuria que me rodea: besos húmedos e infinitos entre dos almas que en 8 y 50 jamás se prestarían la hora.
Siento las zapatillas adherirse al suelo, pero no me detengo: me hipnotiza la imagen de una tortuga que carga un oso panda que se frota con un camaleón. Dos rubias a las que mi compañero define como sus tías intentan tras la barra seducir a un bartender rastafari que viste camisa y corbata. Quizá lo consigan: reina en el ambiente un sombrío optimismo sin lógicas ni compromisos.
Adentrada la noche un pelado al que bautizamos Dertycia se hace presente. Se pavonea que causa gracia y se nota que es habitué. Más tarde justificaría sus pasos bajo la premisa de “Es sábado, hay que hacer la de Nisman. Tiro en la nuca” (Sic).
Adopto un hueco al costado de una viga y dedico todos mis sentidos a la exploración. Se desata un circo de miradas y deseos, de provocación explicita, de sonrisas que van y vienen, de roces sin perspectivas de género.
En algún lugar del mundo, quizá en otro universo no tan lejano, algún enamorado se arrodilla con una promesa eterna, incoherente y ficticia. Acá, en el mundo irreal, el mercado de almas, Tinder analógico que me abraza y me asfixia, me aprisiona y me entretiene, la vida es otra cosa. Esto es un experimento, me digo, y me voy a un baño dos estrellas en el que todos te miran el pito. Ahí me encuentro con Dertycia tomando una cocaína que asegura, viene de Maldivas.
¿Cómo una distancia de diez metros puede ser tan extensa? En el trayecto dejo de escuchar las voces y me enfoco en la música: este lugar es uno de esos donde tocar la guitarra invisible no resulta un anticonceptivo. Todo aspecto, todo gesto, todo vínculo que no traiga aparejada una connotación sexual fallece en el anonimato. Gastón le pregunta a Dertycia, que reaparece y desaparece con esoterismo bailable, si está a gusto con el ambiente. Yo me hacia la paja con este tema y la revista 7 Días, nos contesta el pelado. Nos reímos y él parece no entender la gracia, pero tampoco le interesa.
Quiero contarle a alguien sobre lo que estoy viendo, pero al ver la hora, descubro que la señal de mi celular desaparece en una suerte de Triangulo de las Bermudas. Linda Hamilton, la de Terminator, se cruza ante nosotros. Son las seis de la mañana y todavía entran rulos, gorditos, sexagenarios y motoqueras. Con Gastón encaramos a la salida y otra vez el frío nos golpea la jeta. Miro hacia atrás con nostalgia masoquista y me doy cuenta que acabo de salir de la Ciudad Gótica de Joel Schumacher.
Cerca del auto, un taxista me recuerda que existe Uber, Mauricio, la droga Superman, el desamor y la miseria. Por un momento entiendo a Dertycia: el mundo ha vivido equivocado. El verdadero mercado de almas me esperaba hoy al volver a mis tareas.
miércoles, 13 de abril de 2016
Anoche me pegaron un tiro
Cuando era chico desarrollé sin proponérmelo un método casi infalible para evitarme problemas: me mordía la lengua. Cada vez que alguien me fastidiaba, en cada momento que sentía los nudillos endurecerse, aparecía la mordida, instinto de supervivencia que me anticipa el dolor que podía venir y me decía cálmate, nene, bajá a la realidad.
Pero anoche me pegaron un tiro.
Siempre fue motivo de burla de mis amigos y compañeros el hecho de verme mordiendo la lengua. Traté de acompañar esas risas. No me molestaba, la verdad. Internamente sabía que algo dentro mío me estaba cuidando, protegiéndome de un mundo exterior que todos los días buscaba provocarme. Y estaba agradecido de mi exótica vacuna para la cordura.
Hasta que anoche me pegaron un tiro.
En realidad no empezó anoche. Hace tres años, después de un debate ignoto en la facultad que me crispó los nervios, alguien tomó nota de mi lengua curtida por años de frustraciones. En ese instante lo que me devolvió la cordura no fue la mordida, sino la vergüenza. Me propuse dejar de hacerlo, cueste lo que cueste.
Pero a lo mejor si no lo hacía, anoche no me pegaban un tiro.
Desde ese día, estalla cada tanto en mí un escenario de violencia sin fines de lucro. Perdí el filtro que controlaba mis emociones, la barrera que separaba al hombre de los primates. Abierta la jaula, salí desnudo a un mundo al que le encanta ver, señalar y justificar la pornografía.
Capaz que estaba buscando que me peguen un tiro.
Cuando fui a la estación de servicio pasadas las tres de la mañana, sabía perfectamente que estaba jugando al límite del reglamento. El cajero tenía cara de dormido, el local únicamente iluminado por la luz de las heladeras y un televisor de tubo que pasaba una película que no estaba mirando nadie. Había olor a café, pero no había tazas en ninguna parte.
Saqué una Coca de la heladera y me acerqué al mostrador. No había dicho buenas noches ni me habían prestado demasiada atención. De repente los ojos del cajero se entrecerraron y las pupilas se le dilataron. No podía precisar de que manera, pero el olor a café se transformó en la fragancia del miedo. Sentí un golpe seco en la espalda. Una amenaza y una derrota. Que fácil que es la vida para algunos, pensé.
Dejé mi billetera en el mostrador, el celular y las llaves del auto. ‘Quedate quieto’, me dijo y al cajero le pidió la caja a cambio de mi vida. El laburo de un día contra la vida de un desconocido. En otro momento no hubiese dudado, pero dados los acontecimientos recientes en el mundo, me dejé convencer por la idea de que mi existencia pendía de un hilo. Fue como una sensual inyección de adrenalina.
El pobre pibe dejó toda la recaudación en el mostrador, arriba de mis cosas, y levantó las manos como si fuese una película. Ahí fue la primera vez que vi a mi captor, que dejó de apuntarme y se me adelantó para hacerse con el botín. Era bastante alto y tenía la cabeza tapada por la capucha. Ahí se me ocurrió una idea y obtuve la segunda certeza.
Me di cuenta de que esa noche me iban a pegar un tiro.
No me mordí la lengua. A lo mejor, mirando mi vida para atrás, pensando en las personas que amo, hubiese sido la opción más respetable. Pero eso puedo decirlo ahora, porque yo en ese momento no estaba pensando. En ese entonces lo único que pensaba es que adelante mío tenía al tipo que iba a terminar con mi vida, y quizá la del pobre cajero que hizo lo que podía para que eso no se concrete.
Le di una patada atrás de las rodillas. Fuerte, concreta, precisa. El asaltante cayó, hincado, lleno de ira y sorpresa. Pero la bestia que había dentro mío no le dio chance. Lo agarré de la capucha y le partí la cabeza contra el mostrador. Una, dos, tres, cinco, diez veces. La última fue por placer: ya no se movía.
Agarré mis cosas entre la recaudación y un mostrador cinematográfico pintado con sangre. El cajero no hablaba, ni se atrevía a mirarme: fijó la vista en la película en el televisor de tubo. Yo esquivé el bulto que ahora ensuciaba el piso y manso, me fui tranquilo.
Horas después, también anoche, me pegaron un tiro.
sábado, 2 de abril de 2016
La Chilena
Para comprender este texto, bien vale una apreciación
previa: algunas acciones puntuales se encuentran un par de escalones por encima
de la justa valoración positiva. ¿Es realmente buen tipo aquel que, con tiempo
a favor, alcanza hasta la casa a un compañero bajo la lluvia? ¿Es solidario aquel
millonario que, por incomodidad, todos los días le suelta veinticinco centavos
al nene que pide en el semáforo? ¿Se es buena pareja únicamente por no dejarse
abrazar por la infidelidad?
El circuito del fútbol, ese micro-universo al que muchos
consideran botón de muestra de lo que pasa por fuera de la línea, no está ajeno
a estas sobrevaloraciones. Existe todavía una jugada que despierta admiración,
que enmudece escenarios, que está condenada desde su correcta ejecución a
integrar los compilados líricos semanales: estamos hablando de la famosa
chilena.
En uno de los libros de fútbol más brillantes que se hayan
escrito, Fútbol a Sol y Sombra (1995), el uruguayo Eduardo Galeano cuenta que
la “chilena” o “chalaca” debe su nombre al futbolista español nacionalizado
trasandino Ramón Unzaga, que en enero de 1914, harto de que a su equipo del
puerto de Talcahuano le conviertan goles, ensayó la pirueta para desactivar el
peligro, asombrando a todos los presentes.
Claro que Unzaga no supo, en ese entonces, que la maniobra que
él utilizó para evitar un tanto se convertiría tiempo después en la forma más hermosa
de ejecutarlos.
Tan valorados son los goles de chilena en el mundo, que
muchos futbolistas pueden inmortalizarse en la memoria con definiciones de este
tipo, aunque antes y después sus carreras se columpien por la cornisa. Como la
grulla en las películas de Karate Kid, este tiro invertido es el farol, el
sueño final del jugador que ansía convertir en un partido trascendental, la acción
cinematográfica que pondría de pie a un jurado hollywoodense. Sin ir más lejos,
Lionel Andrés Messi, el mejor jugador del mundo en la actualidad y uno de los
mejores de todos los tiempos, hizo hasta este momento más de 500 goles de todos
los colores y formas. Con la particularidad de que, al menos hasta dentro de un
puñado de horas, ninguno de ellos fue de chilena.
Confieso que la jugada es una de mis debilidades, al punto
que creo recordar cada vez que me tocó convertir de esa manera. No voy a
aburrirlos con los detalles, pero los tengo, están ahí, para acompañarme, para
aliviarme, para subirme la autoestima, para hacerme creer que pude ser mejor de
lo que finalmente fui.
Por eso ayer por la noche, cuando logré frenar un rechazo
con el taco y la pelota se congeló en el aire y yo no dudé en intentar la
pirueta, mi cabeza viajó en muchísimas direcciones. Como un video en streaming
cuya conexión se ralentiza, el tiempo pareció detenerse mientras el esférico
flotaba, más de ochenta kilos se ponían en el aire y mi pierna, con un
movimiento violento pero elegante, se encaminaba a pegarle de lleno a un balón
al que uno profesa amar y golpear lo que dure un encuentro.
En ese instante mágico, me dejé empapar por la convicción de
que iba a meter un golazo. Y pensé en mi papá, que estaba ahí conmigo, a
escasos centímetros de mi posición, orgulloso de lo bien que jugaba su hijo, de
que el gordito primogénito todavía mantenga destellos de la calidad que exhibía
cuando todavía era delgado.
También pensé en mi hermano, otro de los protagonistas del
partido, seguramente maravillado por lo que estaba viendo, admirándome secretamente,
deseando algún día poder continuar mis pasos, lamentando no haber heredado
tamaña osadía, la virtud técnica.
Me acordé de mi mamá, que hacía 15 años no me veía jugar y
siempre estuvo convencida que yo era muy malo jugando a la pelota. Si me vieras
ahora, viejita, le contarías a todas tus amigas, me digo, porque voy a meter
otra vez un golazo que Messi no metió jamás.
Pensé en la chica que me gusta, en esa necesidad patológica que
tenemos los tipos de que las mujeres se sientan seducidas por nuestras
habilidades jugando a la pelota, deseo adolescente que nunca termina de
experimentarse. Creo que miré por encima del hombro, incluso, soñando que una
cadena eterna de casualidades tristes la traslade inmediatamente a ese rincón
del mundo donde podíamos recuperarnos por causas poco coherentes.
Imaginé a mi abuelo allá en el cielo, tomando vino y mirando
el partido con otros ángeles, exagerando mis virtudes, mintiendo que mi gesto
técnico era un rasgo suyo cuando la posta es que el viejito, me contó él mismo,
no era muy bueno que digamos.
Por eso también creo en la teoría del micro-universo del
fútbol. No en eso de que uno es lo que hace adentro de la cancha, pero sí creo
que adentro de la cancha se reflejan muchas acciones que se nos proyectan en la
vida diaria. Por eso no me sorprendió darme cuenta, de repente, que mi cuerpo
estaba cayendo un segundo antes que la pelota y entendí, con tristeza, que el
golpe no iba a ser efectivo jamás, y que nadie iba a ver un golazo, ni mi papá
estaría orgulloso, ni mi hermano me admiraría; mi mamá seguiría pensando que yo
era horrible, la chica que me gusta no volvería a mis brazos, mi abuelo en el
cielo seguiría escuchando la radio como si nada.
Llegué a pegarle a la pelota, pero se fue lejos del arco,
más allá del deseo. Caí mal, con todo el peso y la ilusión, y ahora arrastro un
fuerte dolor que me acompaña, que corto con Anaflex. Estuve paralizado un rato,
cuestionándome que podría haber hecho para que la resolución fuera diferente,
doblado por el golpe, pero al final seguí jugando. Tocando cortito, sin tanto
firulete, pero presente. Ya no había, está claro, pirueta salvadora.
A lo mejor el próximo partido me salga y nos encontremos en
otra vida.
domingo, 27 de marzo de 2016
Sueño
John Katzebanch.
La primera vez que me pasó fue la madrugada de año nuevo. Me acuerdo por lo inusual de la situación; yo no soy de acordarme de lo que sueño, a menos que me genere angustia. Esa vez me pasó.
Generalmente solía contar detalles como esos, sobre todo porque me permitían despegarme, desecharlos, tomar distancia entre alucinación y realidad. Sin embargo, no lo hice. No sé por qué. Supongo que me habrá parecido tan ridículo como íntimo y por eso lo mantuve en reserva hasta hoy, momento en el que intentaré dar el salto definitivo hacía alguno de los dos mundos.
En mi sueño yo abría los ojos en un inmenso blanco, que se volvía nitído hasta revelar formas, paredes, siluetas. La sabana blanca que me cubría. El radiador antiguo empotrado en la pared. El suero. La mesa de luz con caramelos, cigarros, celulares y llaveros. No las reconozco. Diviso a una enfermera, a otra; escucho a mi papá y mi hermano discutir fuera de la habitación sobre algún partido, haciendo fuerza sin éxito por hablar en voz baja. Mamá está a mi izquierda, mirando por una ventana interna que da a una suerte de patio, remanso de motores de aires acondicionados.
Me analizo. Siento responder cada parte de mi cuerpo, pero no tengo fuerza para incorporarme. Reviso en mi memoria que me llevó a tan patético escenario. Un accidente terrible, escucho por ahí. Se salvó de milagro, contaban mientras dormía. Siento la molestia del suero en mi brazo y me pregunto cuantas veces habré despertado.
Quiero hablar, hacer preguntas. Reconozco que quiero saber de alguien. Intuyo que está por ahí, o quiero intuir. Mi voz sale como un hilo, nadie me escucha.
Hago fuerza, lucho contra mis debilidades. Descubro estoy atado. Grito un nombre, o eso creo. Nadie se da vuelta. Lloro, al menos en mi cerebro. Giro la cabeza y la veo: a mi derecha hay una silla vacía, un asiento en el que esperaba encontrar a alguien que se ve, nunca apareció.
Esa noche, la primera vez que soñé con eso, encontré redención y cariño al despertarme. Disipé el miedo como quien ahuyenta una mosca en un almuerzo feliz. Lo olvidé con el tiempo, pero volví a soñarlo en febrero. A principios de marzo. Desde hace dos semanas, lo sueño todas las noches, al menos todas las que puedo dormir.
Anoche, mientras miraba la silla vacía hasta despertarme (o quedarme dormido), me pregunté si a lo mejor el sueño es este texto que estoy escribiendo y esa cama, la realidad.
Todavía no tuve respuesta.
lunes, 14 de marzo de 2016
Navidad
Los que hemos tenido la infinita suerte de tener una familia trabajadora de clase media, podemos presumir humildemente de repasar hacia atrás muchas navidades felices. No lo digo solo por los regalos, aunque está claro que cuando uno es niño tiende a no valorar la reunión parental de citas como estas. Ya de grande, claro, uno toma real dimensión de estas festividades y, por supuesto, tiende a aborrecerlas.
No obstante de eso, llevo varios días repitiendo en mi interior una versión de mi mismo de la noche del 25 de diciembre de 1999. Como tantas otras cosas que me acuerdo patente, puedo trasladarme a ese momento casi sin entrecerrar los ojos.
La tengo presente porque esa vez le pude poner palabras a algo que había sentido (nunca tan fuerte) y no sabía cómo llamar: se llamaba ansiedad y nació desde que abrí un regalo que dentro tenía un videojuego que yo creía que era de playstation. La consola no apareció después en ningún otro paquete por lo que asumí que me la iba a encontrar en casa.
Esa fue la primera vez que me quise ir volando de lo de mi abuela. Pero todavía no era tiempo.
Lamenté como nunca haber roto todos mis relojes, porque pregunté la hora en unas dos mil veintidós ocasiones. Tan resignado estaba, tan desesperado, tan angustiante era mi situación, que opté por quedarme adentro, en la cocina, tratando de forzar al tic tac de pared para que se apure con las vueltas. No funcionó. Como tantas otras veces en mi vida, tuve que aprender que esperar no solo era la mejor opción, sino la única.
Finalmente no había una play en casa, pero sí una computadora. La consola recién me la compré con mis ahorros diez años después. Sigo sin usar relojes. El nene de ocho años que fui reapareció por estos días, mirando a cada rato el celular que llevo en el bolsillo, precavido de que se quede sin bateria, chequeando que funcionen las notificaciones. Nunca se fija la hora, pero todavía sueña. Los pibes son así. La navidad ya terminó.
Pero él todavía cree en los Reyes.
viernes, 11 de marzo de 2016
Vivir
“Cuando soplan vientos
de cambio, unos buscan refugios y se ponen a salvo y otros construyen molinos y
se hacen ricos”.
Claus Möller
Antes de comenzar debo confesar algo: no soy la brillante
persona que creían y en términos universitarios, lo mío es bastante mediocre.
Con este año que corre van a cumplirse cuatro desde que integro el Taller de
Comprensión y Producción de Textos de la Facultad de Periodismo. He tenido más alumnos que los que recuerdo y
varios de ellos han superado al, por decirlo de algún modo, maestro: muchos ya
tienen encuadrado, en alguna pared de su casa, un flamante título que reza que
han conseguido lo que probablemente (por falta de ganas, reconozco) nunca
conseguiré.
Aun así, en esa mitad de camino, en esa mediocridad si se
quiere, hay alguna que otra cosa que me ha quedado clara. Entre ellas aprendí
que para escribir, de esta forma arcaica aunque sea, se necesitan, además del instrumento (en este caso, una computadora) apenas tres
cosas. La primera es evidente: ser alfabeto. La segunda, más razonable todavía:
tener manos. La tercera, todavía más elemental: estar vivo.
Más allá de cientas de ediciones y reediciones póstumas que
aparecen después de que la mano alzada del autor yace tiesa en algún ataúd, lo
concreto es que todavía no hemos tenido el placer de leer ningún texto, ni
siquiera un tweet de 140 caracteres, de un fallecido. Ergo, si usted está
leyendo esto, es porque yo antes lo escribí, lo que implica que todavía mi
cerebro recuerda el sentido de las palabras y como hilvanarlas (modestamente),
mis manos permanecen en su sitio y, asma mediante, estoy respirando.
ENTONCES
¿Por qué la gente piensa que uno no está viviendo? ¿Quién
les hizo creer que esto por lo que estoy pasando no es parte de la vida, también? ¿De quién era la vida que estuve viviendo todo este tiempo?
Llevo 25 años despertándome después de cerrar los ojos.
Algunas veces tardo más, otras menos; en ocasiones de mejor manera, en otras
quizá lo más sensato sería permanecer acostado. Pero estoy. Vivo, respiro. Me
levanto, más tarde que temprano y encaro al mundo.
Algunos días le susurro al oído: “hoy te como crudo, bombón” y en otras le pido mil disculpas por mi
pobre existencia, mi vana torpeza, mi infinita bestialidad. Como todos, creo.
No conozco a nadie que haya subido a un subibaja y haya conseguido equilibrarse
en la mitad.
Hoy toca apoyar los pies en la tierra y ver como el mundo te
mira desde arriba, del otro lado y se agarra desafiante. Qué me importa. Ya voy
a volver. No se apuren. No me apuren. Déjenme tirado en el suelo. Yo me
levanto. Capaz que les tire los brazos en algún momento, a lo mejor me tiemblan
las muñecas, pero me voy a volver a parar. No pretendan que en una semana vivir signifique para mí lo que no
significó en el último lustro. No puedo volver a ser lo que ya ni me acuerdo
que fui, ni quiero ser. Todo es un proceso.
Ya nos vamos a volver a reír. Ahora estoy como corresponde
estar. Tomando impulso. Me comí un
pedazo del sol alguna vez y lo tuve entre las manos. Me gustó mucho y quiero la
otra parte. Creo que todavía me queda una carta. Lo que árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado, dice
mi frase favorita. No pasó nada, que no decaiga: solo estoy fortaleciendo la raíz.
miércoles, 9 de marzo de 2016
Ilusiones de papel
¿Querés que nos vayamos
de acá? me dijo, y la verdad es que no, no hacía falta. Porque mientras estábamos
ahí la gente que pasaba caminando por adelante nuestro en realidad no estaba
caminando, y los animales del zoológico no se estaban moviendo, y las agujas de
los relojes estaban congeladas desde hacía un rato. El resto del mundo, que
ahora no existía, ya no me importaba nada.
Ver la última conexión…
Quince minutos. Ese es el tiempo que tardo ahora en elegir una tema
para arrancar. Ahora sobran. No sé por qué Cerati tenía razón, no sé por qué
uno se auto boicotea, pero en un mundo sin horarios, no se puede comenzar un día
sin el soundtrack que lo represente. La vida es una canción eterna que cada
tanto te mete un estribillo.
Ver la última conexión…
Quería bajar las ventanillas, pero los gritos mudos podrían haber
despertado al resto. Primero fue un temblor en la voz, después los puños
apretados peleando contra lo inevitable. Me fragmenté en mil pedazos, cada vez
más chiquitos y me abracé al recuerdo de un amor extinto; exageré sentimientos
ajenos hasta convertirlos en ilusiones y me abrigué de ellas, me hice una
campera de esperanzas infundadas y con eso recuperé el calor, la sonrisa, las
ganas, la falsa seguridad de que no había desperdiciado mi vida y de que en
futuro, quizá, los sueños vuelvan a mezclarse entre dos cabezan que duermen
pegadas.
Y en la noche, oscura, nublada y profunda, volví a ser presa de mis
miedos, recaí en mis adicciones, en mi deporte motor. A la hora en la que antes
se cocinaban los mejores besos, yo tenía que ver, quizá para siempre, la última
conexión.
lunes, 7 de marzo de 2016
Gritar
Se dijo que el silencio era tan inquietante como un grito.
John Katzenbach.
Cada tanto nos pasa que la vida nos pone enfrente de una
situación de mierda a la cual no le encontramos explicación o peor, la tenemos,
pero nos pone un poco deprimentes. Siempre me gustó la metáfora que usa Facundo
para cualquier momento semejante: Hay que
subirse al caballo y pelear contra los molinos con la espada de madera, amigo,
dice siempre. Me encanta. Por eso cada vez que nos toca perder a un ser
querido, ver que nuestro equipo es incapaz de hacerle partido a un combinado de
sacerdotes ateos o nos forzamos a entender que la persona que amamos ya no nos va a extrañar
nunca más, se vuelve urgente encontrar nuestra montura y empuñar el filo
invisible.
Cada cual tiene sus métodos, y las tácticas van variando en
la medida de que surten o pierden efecto. En mi caso, por ejemplo, hasta no
hace mucho tiempo, optaba por ponerme muy, muy en pedo. Si tenía paciencia y
tiempo, la fórmula era fernet, cerveza y una medida de vodka. Claro: ni la
paciencia ni el tiempo son bienes con los que contamos los que tenemos dos
trabajos o más, así que generalmente aceleraba el proceso con whisky. Así me
dormía. Los que no nos drogamos tenemos métodos más rebuscados, que se le va a
hacer.
Llegado un momento, el sistema falló y dejó de ser efectivo.
La garganta se transformó en una cinta testigo de la nostalgia que me empujaba
a cerrar los ojos a cualquier precio. La tristeza es un tatuaje que a veces uno
no sabe que lleva, pero que todo el mundo nota y te pregunta que significa. El
alcohol siempre vuelve esa escena todavía más patética, así que un día, me
decidí a desarrollar nuevos esquemas.
No fue algo buscado, más bien se trató de algo natural: una
persona que nunca pregunta finalmente lo hace en el momento inadecuado y de
repente ahí estaba yo, saltando en una maratón vallas que no había visto venir.
Así encontré el primero de mis nuevos métodos: me subí al auto y empecé a
cantar a los gritos. Era tan patético como emborracharse, pero al menos nadie
se daba cuenta. Además, secretamente despuntaba uno de mis más viejos y
prohibidos vicios: ser un enajenado.
A ver, no estamos hablando de ningún secreto: sobran
terapeutas que lo recomiendan y películas en las que el protagonista llega a lo
más alto de una montaña y grita hasta que se cae de rodillas. Siempre me
pareció una resolución de lo más forzada y tuve claro que ningún grito te
devuelve nada, pero cuando me bajaba del auto, me daba cuenta que muchas de mis
peores cosas se quedaban ahí, incluidos los tatuajes que no quería que nadie
viera.
Me bajé flotando durante bastante tiempo, hasta que un día me
quedé sin voz antes de poder soltar toda la mierda. Ahí fue cuando me miré los
brazos y me di cuenta que los tatuajes son para siempre. Entonces desarrollé un
nuevo método, el último hasta ahora. Me subí a otro caballo, y empuñé una
espada más moderna, pero también de madera: escribí una serie de confesiones y
elegí publicarlas en una red social.
miércoles, 7 de octubre de 2015
Una capa de grasa
Pocas veces en mi existencia he conocido personas más incapaces de
robar que mi padre. No, no es que sea incapaz en forma física, gracias a
Dios, ninguna limitación lo ha hecho su presa. Simplemente mi padre
fue, y de hecho, lo será siempre, el hombre más honesto que haya
conocido en toda mi existencia.
Si tengo una imagen suya guardada en las retinas y en el corazón, es verlo fascinado, durante mi infancia, trabajando diez horas por día, parado y con el overol cubierto de grasa. Era mecánico, mi viejo. A veces, producto del cansancio, se martillaba uno que otro dedo intentando reparar un servo. Incluso recuerdo una oportunidad en la que estuvimos de urgencia en la clínica del ojo porque un pistón de bomba traicionero había sucumbido a los dos kilos de presión que mi padre ejerció para liberarlo de forma imprevista.
Ese trabajo, que mi papá desarrolló hasta con el cuidado de un artista desde que tuvo 19 años, cuando descubrió que quien suscribe habitaba un vientre fruto de su pasión, le valía un deterioro físico notable. Sobre todo en sus manos. Siempre me produjo pena y algo de admiración, tener un padre tan joven, bastante más que el resto de los demás papás de mis amigos y que siempre parezca a su altura o más. Y las manos siempre negras, la ropa siempre con grasa y a él no le importaba, nada le importaba que tuviese que ver con la estética.
Por eso, de chico no entendía por qué la gente lo miraba raro, como con miedo. Por qué cada vez que íbamos a un kiosco lo atendían por la ventanilla. Cada vez que íbamos a un banco desconocido, el guardia de seguridad nos preguntaba si teníamos algún problema y se quedaba al lado nuestro, pero yo tenía la sensación de que el problema, en realidad, éramos nosotros.
Cuando mi papá empilchaba con la ropa de trabajo en un contexto diferente, todos nos querían ver lejos. A mi papá le tenían miedo.
Lógicamente que la situación me ha arrancado varias lágrimas de impotencia, incluso ahora que lo recuerdo. ¡Miedo de mi papá! Cómo si fuese capaz de robarle a alguien. Como si le interesara el contenido de una cartera animal print de una vieja paqueta asidua de La París. Como si no agotara sus posibilidades físicas para que a mi no me falte nada. Como si no hubiese desperdiciado su enorme talento intelectual en un trabajo monótono y aburrido solo por cumplir sus obligaciones. Él se lo tomaba con más gracia. Con el paso de los años, se había acostumbrado.
Todavía me acuerdo la última mañana que lo vi con vida. Eso asoma lógico, porque se trata de una persona que idolatro, asumirá el lector. Pero lo cierto es que, tristeza póstuma mediante, fue un momento casi intrascendente. Compartimos un mate, a las apuradas porque yo tenía que entregar un trabajo práctico y como tenía los ojos cegados por el sueño, casi no pude verlo bien. El momento culmine de la triste escena encuentra a mi papá parado en el umbral del garaje con una sonrisa con sorna en torno a mi estado de somnolencia. Me dijo “nos vemos” con toda la inocencia que puede tener alguien que desconoce que transita las últimas horas de vida.
A la tarde noche y tras cerrar el taller, cruzaba la calle por la esquina, porque así siempre me lo había enseñado, porque predicaba con el ejemplo, cuando un Volkswagen Bora plateado con vidrios polarizados cruzó en rojo y lo acercó a los cielos, lugar donde pertenecía. No había testigos y mi papá todavía tenía las manos negras, y la grasa en la ropa de trabajo. La primera impresión de la policía concluía que el que había cruzado mal había sido mi viejo.
Si tengo una imagen suya guardada en las retinas y en el corazón, es verlo fascinado, durante mi infancia, trabajando diez horas por día, parado y con el overol cubierto de grasa. Era mecánico, mi viejo. A veces, producto del cansancio, se martillaba uno que otro dedo intentando reparar un servo. Incluso recuerdo una oportunidad en la que estuvimos de urgencia en la clínica del ojo porque un pistón de bomba traicionero había sucumbido a los dos kilos de presión que mi padre ejerció para liberarlo de forma imprevista.
Ese trabajo, que mi papá desarrolló hasta con el cuidado de un artista desde que tuvo 19 años, cuando descubrió que quien suscribe habitaba un vientre fruto de su pasión, le valía un deterioro físico notable. Sobre todo en sus manos. Siempre me produjo pena y algo de admiración, tener un padre tan joven, bastante más que el resto de los demás papás de mis amigos y que siempre parezca a su altura o más. Y las manos siempre negras, la ropa siempre con grasa y a él no le importaba, nada le importaba que tuviese que ver con la estética.
Por eso, de chico no entendía por qué la gente lo miraba raro, como con miedo. Por qué cada vez que íbamos a un kiosco lo atendían por la ventanilla. Cada vez que íbamos a un banco desconocido, el guardia de seguridad nos preguntaba si teníamos algún problema y se quedaba al lado nuestro, pero yo tenía la sensación de que el problema, en realidad, éramos nosotros.
Cuando mi papá empilchaba con la ropa de trabajo en un contexto diferente, todos nos querían ver lejos. A mi papá le tenían miedo.
Lógicamente que la situación me ha arrancado varias lágrimas de impotencia, incluso ahora que lo recuerdo. ¡Miedo de mi papá! Cómo si fuese capaz de robarle a alguien. Como si le interesara el contenido de una cartera animal print de una vieja paqueta asidua de La París. Como si no agotara sus posibilidades físicas para que a mi no me falte nada. Como si no hubiese desperdiciado su enorme talento intelectual en un trabajo monótono y aburrido solo por cumplir sus obligaciones. Él se lo tomaba con más gracia. Con el paso de los años, se había acostumbrado.
Todavía me acuerdo la última mañana que lo vi con vida. Eso asoma lógico, porque se trata de una persona que idolatro, asumirá el lector. Pero lo cierto es que, tristeza póstuma mediante, fue un momento casi intrascendente. Compartimos un mate, a las apuradas porque yo tenía que entregar un trabajo práctico y como tenía los ojos cegados por el sueño, casi no pude verlo bien. El momento culmine de la triste escena encuentra a mi papá parado en el umbral del garaje con una sonrisa con sorna en torno a mi estado de somnolencia. Me dijo “nos vemos” con toda la inocencia que puede tener alguien que desconoce que transita las últimas horas de vida.
A la tarde noche y tras cerrar el taller, cruzaba la calle por la esquina, porque así siempre me lo había enseñado, porque predicaba con el ejemplo, cuando un Volkswagen Bora plateado con vidrios polarizados cruzó en rojo y lo acercó a los cielos, lugar donde pertenecía. No había testigos y mi papá todavía tenía las manos negras, y la grasa en la ropa de trabajo. La primera impresión de la policía concluía que el que había cruzado mal había sido mi viejo.
jueves, 17 de septiembre de 2015
Luna
Él ya sabía lo que se venía. Hacía días que la veía pasar, rozarlo
con la cadera como quien no quiere la cosa y seguir de largo por el
pasillo. Se lo había contado Fede, de Administración, pero él como
siempre tan escéptico, no lo quiso creer hasta que estuvo ahí, en la
oficina del jefe, frente a frente con la carta de despido que lo venía
coqueteando. Bueno, decir ahí es eso, un decir. Físicamente estaba ahí,
hundido en la silla giratoria en la que muchas veces se había sentado
para recibir felicitaciones y en la que él, tímido y nervioso, se movía
incesantemente para no tener que fijar la mirada en quien se llenaba la
boca elogiándolo. Ahora está inmóvil, con el gesto serio, matizado por
una mueca que resulta de la mezcla entre desazón, resignación e
incertidumbre. Está ahí, insisto, pero su cabeza está en otra parte.
El pelotudo de su jefe (No es pelotudo ahora que lo despidió, siempre lo fue, solo que recién ahora que lo despidió se atreve a pensarlo) enarbola un discurso cargado con toda la falsedad que le sabía posible y a él le llegan palabras sueltas como “dolor” “agradecimiento” “futura recomendación” y “deseos”, aunque francamente y por primera vez desde que entró a trabajar ahí, le importa un carajo lo que le están diciendo. Él está pensando en Luna. Cómo voy a hacer, se pregunta, y sacude la cabeza aturdido y el pelotudo de su jefe, falsamente conmovido y convencido de que su discurso surte efecto, le ofrece un pañuelo que nunca usó ni va a usar, porque la gente como él no tiene mocos ni tiene lágrimas.
Y ahora cómo hago, se pregunta de nuevo, y nota que lo dijo en voz alta porque el pelotudo de su jefe, superando los límites de su profunda pelotudez, le pregunta con qué, y él le dice nada, nada, le da la mano y se va para siempre. Cómo hago con la nena, insiste, y se le llena el corazón de bronca y de miseria.
Si Laura estuviese conmigo me cagaría a trompadas, se dice, y se siente la peor persona del mundo. Aunque a lo mejor si ella estuviese acá, nada de esto hubiese pasado, exagera. Disipa los pensamientos invisibles con un gesto. No. No tiene nada que ver. No es su culpa que la empresa se haya ido al carajo con la especulación financiera y que empiecen a recortar los sueldos primero y los empleados después. Es su culpa por aceptar ese régimen tan pelotudo, se dice. En eso sí es responsable. Eso sí que Laura no le hubiera permitido. Que carácter tenía esa mujer, mamita. Como la extraña. Ella le hubiese recomendado que esperara otra chance, más ventajosa, más segura aunque sea. Pero ya no estaba. En ese momento estaba sólo. Sólo y con la nena.
Todavía tenía dos horas para ir a buscar a la nena a la casa de la mamá de Laura, que la cuida cuando él está trabajando. No tiene ni idea como va a hacer para contarle a su suegra (o su ex suegra, no sabe cómo califica la madre de su mujer cuando uno es viudo) que lo acaban de echar del trabajo. No es mala la vieja. Y a la nena la quiere con el alma. Pero entre ellos no tienen onda. Ella siempre pensó que él era un freak.
Para hacer tiempo, se mete en un café viejo, tan viejo que las sillas tienen ese almohadón verde cubriendo la madera finita y las mesas son bien cuadradas, con las patas de aluminio despintadas del negro y cubiertas por cáscaras de maní de la época del Partido Conservador. El mozo se acerca, desalineado y extrañado por la visita, como si un intruso se hubiese colado a su hogar por el patio de atrás y le ofrece agua con gas o café molido, tal cual aparece en la carta que tiene dibujada en la memoria. Él le pregunta si no le molesta que se quede ahí, mirando por la ventana un rato a lo que el mozo murmura algo en un italiano incomprensible y le trae un vaso de agua, cortesía de la casa. Se saca los anteojos y mira a través del vidrio sabiendo que no va a poder distinguir nada. Le gusta la idea de un mundo borroso y distante, como si estuviese viendo la vida a través de un televisor de antena con mala señal. Se divierte con el recuerdo. Le ayuda a evadir por un rato que todavía no sabe qué va a hacer con su vida, ni cómo va a poder decirle a Luna que el viaje a Disney quizá nunca pueda ser.
El mozo, que cambió su actitud curiosa por una mucho más comprensiva, se acerca y le ofrece un folleto que repartieron el último domingo en la iglesia donde va su señora. Le confiesa qué él no cree en esas cosas y tiene sus razones, pero viste, cada cual con su mambo, claro y a lo mejor te interesa y lo vuelve a dejar solo. Ese gesto lo hubiese emocionado en otro momento, y en otro lo hubiese fastidiado bastante, pero hoy siente que el mundo ya no puede transmitirle emociones y con desgano, se levanta de su silla, le da la mano al mozo y enfila rumbo a la puerta.
No presta mucha atención a la multa que tiene sobre el parabrisas de su auto. La desecha sin muchas vueltas y emprende el camino hacia la casa de su suegra, o su ex suegra, todavía no lo pudo averiguar. Luna está dormida. Parece que estuvo ayudando en el fondo a su abuela con las plantas y terminó destruida. Él, en adelante el papá, la carga con cuidado en el asiento de atrás tras rebatir el suyo (empresa complicada con una niña de cuatro años en brazos) y se despide en forma solemne sin contarle a la que fuera la madre de Laura (¿O es la madre de Laura, todavía?) que ahora es uno más en la amplia sala del desempleo.
Cuando llega a la cochera del edificio decide dejar su maletín en el auto. No se siente muy preocupado porque le puedan llegar a romper un vidrio y con Luna dormida sobre su hombro, pide el ascensor. El Papá ya notó, mirando en el espejo del ascensor, que su hija se despertó y está fingiendo que continua soñando, pero le sigue la corriente, un poco por ternura y otro poco porque no se siente con fuerzas para decirle nada, continuando la subida en silencio. Abre la puerta del departamento que supo compartir con Laura y todavía con las luces apagadas, procurando no hacer ruido, deja a Luna acostada en su cama, la de él, esperando que se haya vuelto a dormir. Él regresa al comedor y prende la tele, aunque no quiere mirarla ni le dedica diez segundos de su atención. Se queda ahí, convidando silencio, hasta que escucha la voz de su nena que lo llama desde la habitación.
-.Papaaaaaaaaaaá.-
Qué pasa hija, le pregunta y se sienta al lado suyo en la cama enorme que habían comprado con Laura cuando decidieron vivir juntos hacía ya cinco años. Dónde está mi mochila, pregunta Luna, y el papá le dice que quedó en el auto, que mañana la trae porque ahora está muy cansado. La nena comienza a esbozar un llanto y le dice que es importante porque ahí tiene algo que le tiene que mostrar. Él intenta convencerla de que es mejor mañana pero ella insiste y llora y él no está preparado para estas cosas y le dice que bueno, que está bien, que ahí baja, pero que tiene que ir con él porque no la puede dejar sola. Luna se ríe. Tenía colgada la mochila cuando me subiste papá, le dice, divertida y él se confiesa que la audacia de su hija le causa gracia.
Le acerca la mochila y Luna
la abre con impaciencia y le pide que no mire, que cierre los ojos y
después le pide que los abra, que le hizo un dibujo. Él intenta
comprenderlo. Para sus 33 años, son dos garabatos unidos. Para su hija,
son ellos dos tomados de las manos. Él le agradece el obsequio, y le da
un beso en el cachete que hace reír a la nena y la pincha con la barba.
Ella le pregunta si le puede hacer una pregunta. Él le contesta que la
acaba de hacer. Ella no entiende. El padre se rinde.
-Pa– le dice Luna, con un aire inevitable de inocencia – ¿Si yo fuera varón, y fuera grande, sería buen papá como vos?-
A él lo descoloca la pregunta. Lo desarma. Lo lástima. Lo enamora y lo vuelve a desarmar. Abraza a su hija y llora, llora amargamente. La llena de los besos más dulces y desesperados que un padre le puede regalar a su nena. Luna se asusta y le pregunta por qué papá, por qué lloras. Él se seca las lágrimas. Le pregunta si sabe qué es hermosa. La nena le dice que sí, pero le reclama la respuesta. Él le confiesa que hasta que vio su dibujo, no se había dado cuenta que era tan pero tan bajito.
El pelotudo de su jefe (No es pelotudo ahora que lo despidió, siempre lo fue, solo que recién ahora que lo despidió se atreve a pensarlo) enarbola un discurso cargado con toda la falsedad que le sabía posible y a él le llegan palabras sueltas como “dolor” “agradecimiento” “futura recomendación” y “deseos”, aunque francamente y por primera vez desde que entró a trabajar ahí, le importa un carajo lo que le están diciendo. Él está pensando en Luna. Cómo voy a hacer, se pregunta, y sacude la cabeza aturdido y el pelotudo de su jefe, falsamente conmovido y convencido de que su discurso surte efecto, le ofrece un pañuelo que nunca usó ni va a usar, porque la gente como él no tiene mocos ni tiene lágrimas.
Y ahora cómo hago, se pregunta de nuevo, y nota que lo dijo en voz alta porque el pelotudo de su jefe, superando los límites de su profunda pelotudez, le pregunta con qué, y él le dice nada, nada, le da la mano y se va para siempre. Cómo hago con la nena, insiste, y se le llena el corazón de bronca y de miseria.
Si Laura estuviese conmigo me cagaría a trompadas, se dice, y se siente la peor persona del mundo. Aunque a lo mejor si ella estuviese acá, nada de esto hubiese pasado, exagera. Disipa los pensamientos invisibles con un gesto. No. No tiene nada que ver. No es su culpa que la empresa se haya ido al carajo con la especulación financiera y que empiecen a recortar los sueldos primero y los empleados después. Es su culpa por aceptar ese régimen tan pelotudo, se dice. En eso sí es responsable. Eso sí que Laura no le hubiera permitido. Que carácter tenía esa mujer, mamita. Como la extraña. Ella le hubiese recomendado que esperara otra chance, más ventajosa, más segura aunque sea. Pero ya no estaba. En ese momento estaba sólo. Sólo y con la nena.
Todavía tenía dos horas para ir a buscar a la nena a la casa de la mamá de Laura, que la cuida cuando él está trabajando. No tiene ni idea como va a hacer para contarle a su suegra (o su ex suegra, no sabe cómo califica la madre de su mujer cuando uno es viudo) que lo acaban de echar del trabajo. No es mala la vieja. Y a la nena la quiere con el alma. Pero entre ellos no tienen onda. Ella siempre pensó que él era un freak.
Para hacer tiempo, se mete en un café viejo, tan viejo que las sillas tienen ese almohadón verde cubriendo la madera finita y las mesas son bien cuadradas, con las patas de aluminio despintadas del negro y cubiertas por cáscaras de maní de la época del Partido Conservador. El mozo se acerca, desalineado y extrañado por la visita, como si un intruso se hubiese colado a su hogar por el patio de atrás y le ofrece agua con gas o café molido, tal cual aparece en la carta que tiene dibujada en la memoria. Él le pregunta si no le molesta que se quede ahí, mirando por la ventana un rato a lo que el mozo murmura algo en un italiano incomprensible y le trae un vaso de agua, cortesía de la casa. Se saca los anteojos y mira a través del vidrio sabiendo que no va a poder distinguir nada. Le gusta la idea de un mundo borroso y distante, como si estuviese viendo la vida a través de un televisor de antena con mala señal. Se divierte con el recuerdo. Le ayuda a evadir por un rato que todavía no sabe qué va a hacer con su vida, ni cómo va a poder decirle a Luna que el viaje a Disney quizá nunca pueda ser.
El mozo, que cambió su actitud curiosa por una mucho más comprensiva, se acerca y le ofrece un folleto que repartieron el último domingo en la iglesia donde va su señora. Le confiesa qué él no cree en esas cosas y tiene sus razones, pero viste, cada cual con su mambo, claro y a lo mejor te interesa y lo vuelve a dejar solo. Ese gesto lo hubiese emocionado en otro momento, y en otro lo hubiese fastidiado bastante, pero hoy siente que el mundo ya no puede transmitirle emociones y con desgano, se levanta de su silla, le da la mano al mozo y enfila rumbo a la puerta.
No presta mucha atención a la multa que tiene sobre el parabrisas de su auto. La desecha sin muchas vueltas y emprende el camino hacia la casa de su suegra, o su ex suegra, todavía no lo pudo averiguar. Luna está dormida. Parece que estuvo ayudando en el fondo a su abuela con las plantas y terminó destruida. Él, en adelante el papá, la carga con cuidado en el asiento de atrás tras rebatir el suyo (empresa complicada con una niña de cuatro años en brazos) y se despide en forma solemne sin contarle a la que fuera la madre de Laura (¿O es la madre de Laura, todavía?) que ahora es uno más en la amplia sala del desempleo.
Cuando llega a la cochera del edificio decide dejar su maletín en el auto. No se siente muy preocupado porque le puedan llegar a romper un vidrio y con Luna dormida sobre su hombro, pide el ascensor. El Papá ya notó, mirando en el espejo del ascensor, que su hija se despertó y está fingiendo que continua soñando, pero le sigue la corriente, un poco por ternura y otro poco porque no se siente con fuerzas para decirle nada, continuando la subida en silencio. Abre la puerta del departamento que supo compartir con Laura y todavía con las luces apagadas, procurando no hacer ruido, deja a Luna acostada en su cama, la de él, esperando que se haya vuelto a dormir. Él regresa al comedor y prende la tele, aunque no quiere mirarla ni le dedica diez segundos de su atención. Se queda ahí, convidando silencio, hasta que escucha la voz de su nena que lo llama desde la habitación.
-.Papaaaaaaaaaaá.-
Qué pasa hija, le pregunta y se sienta al lado suyo en la cama enorme que habían comprado con Laura cuando decidieron vivir juntos hacía ya cinco años. Dónde está mi mochila, pregunta Luna, y el papá le dice que quedó en el auto, que mañana la trae porque ahora está muy cansado. La nena comienza a esbozar un llanto y le dice que es importante porque ahí tiene algo que le tiene que mostrar. Él intenta convencerla de que es mejor mañana pero ella insiste y llora y él no está preparado para estas cosas y le dice que bueno, que está bien, que ahí baja, pero que tiene que ir con él porque no la puede dejar sola. Luna se ríe. Tenía colgada la mochila cuando me subiste papá, le dice, divertida y él se confiesa que la audacia de su hija le causa gracia.
-Pa– le dice Luna, con un aire inevitable de inocencia – ¿Si yo fuera varón, y fuera grande, sería buen papá como vos?-
A él lo descoloca la pregunta. Lo desarma. Lo lástima. Lo enamora y lo vuelve a desarmar. Abraza a su hija y llora, llora amargamente. La llena de los besos más dulces y desesperados que un padre le puede regalar a su nena. Luna se asusta y le pregunta por qué papá, por qué lloras. Él se seca las lágrimas. Le pregunta si sabe qué es hermosa. La nena le dice que sí, pero le reclama la respuesta. Él le confiesa que hasta que vio su dibujo, no se había dado cuenta que era tan pero tan bajito.
martes, 1 de septiembre de 2015
Preguntas
Yo entendí lo que me quiso preguntar Vicky cuando en
realidad dijo que no sabía de qué manera había empezado nuestra historia. Obvio
que me di cuenta, tampoco soy boludo. Además la conozco hace bastante; más o
menos sé cómo piensa. Y no la culpo. En su lugar, a lo mejor, yo pensaría
igual. Es natural, supongo.
A lo mejor, si mirás esta foto te das cuenta a que se
refería Victoria. De hecho, si no te das cuenta, replanteate tu capacidad
deductiva. A ver, ahí va un ayudín: mírame a mí. Tan bruto, tan poco agraciado.
Nunca fui capaz de entender cómo funcionaba eso de combinar la ropa. Tengo los
ojos tan chiquitos y juntos que cualquier anteojo de sol me queda enorme. Con
frecuencia me enojo hasta la muerte por temas de insignificante importancia.
Presumo de un Master en arrancar y abandonar gimnasios. En un par, de hecho,
está mi foto debajo de un pedido de recompensa. Como la vida no me dio
velocidad para captar rápido las indirectas, y me atrasó un par de años la
madurez con respecto de mis pares, este texto a lo mejor deberías haberlo leído
hace dos años. Con bastante frecuencia la gente confunde lo que escribo con lo
que creen que soy y lo que podría llegar a ser. Soy como ese inhallable tío
abuelo del amigo de un conocido del que paraba los sábados en el kiosco del
barrio que iba para crack pero se rompió la rodilla y no pudo llegar. La eterna
promesa que este año la rompe, que ya despega, que en cualquier momento se
recibe, que está tapado de proyectos inconclusos.
A lo mejor, si mirás esta foto te das cuenta a que se
refería Victoria. De hecho, si no te das cuenta, replanteate tu capacidad
deductiva. A ver, ahí va un ayudín: mírame a mí. Tan bruto, tan poco agraciado.
Nunca fui capaz de entender cómo funcionaba eso de combinar la ropa. Tengo los
ojos tan chiquitos y juntos que cualquier anteojo de sol me queda enorme. Con
frecuencia me enojo hasta la muerte por temas de insignificante importancia.
Presumo de un Master en arrancar y abandonar gimnasios. En un par, de hecho,
está mi foto debajo de un pedido de recompensa. Como la vida no me dio
velocidad para captar rápido las indirectas, y me atrasó un par de años la
madurez con respecto de mis pares, este texto a lo mejor deberías haberlo leído
hace dos años. Con bastante frecuencia la gente confunde lo que escribo con lo
que creen que soy y lo que podría llegar a ser. Soy como ese inhallable tío
abuelo del amigo de un conocido del que paraba los sábados en el kiosco del
barrio que iba para crack pero se rompió la rodilla y no pudo llegar. La eterna
promesa que este año la rompe, que ya despega, que en cualquier momento se
recibe, que está tapado de proyectos inconclusos.
Y en cambio ella es un combo letal de realidades lindas.
Porque cuando sonríe te deja reserva para pasar veinte días en un refugio
antibombas. Ella sí promete lo que sabe que puede cumplir: te vende perfección
porque la tiene ahí en la palma. A veces la disimula para no sentirte tan
adversa, para ser más compañera. Debe ser la persona más bajita de todas las
que están a la altura de los mejores deseos. Y encima, todavía, para colmo,
está bastante buena.
Por eso me di cuenta enseguida lo que me quiso decir Vicky
cuando hizo esa pregunta. Al toque. Dijo lo que dijo, ya lo sé, pero en
realidad me miró con los ojos en blanco, a lo mejor evaluando ella misma
también cuantas eran las chances ciertas, intentando dar con qué lleva a
alguien a terminar de esta manera. Lo digo sin vueltas, lo que quiso preguntar
y no lo hizo, tan discreta ella, es mucho más simple. ¿Cómo carajo hiciste? Se
le leía en la mirada. Le contesto que la verdad, amiga, yo tampoco tengo idea.
martes, 25 de agosto de 2015
4148
Sí tengo que ser honesto, nunca le pregunté cómo se le
ocurrió. No sé si fue improvisado, si lo había charlado antes o si naturalmente
fue una acción de la que no tomó nota. A lo mejor comenta este texto y nos saca
de la duda. O no. Quizá ni siquiera se haya dado cuenta. Conociéndolo, lo más probable es que no lo
lea.
Entre gesto y gesto pasaron once años, cuatro meses y diez
días, cuatro mil ciento cuarenta y ocho en total. Tres mundiales y cinco
finales. Todavía no había asumido Néstor y ahora ya está muerto. Chicos que no
habían nacido ya tienen la edad que yo tenía cuando empezó esta historia.
Aunque para ser sincero, no tengo claro cómo fue eso, la verdad.
Habrá notado el lector, a estas alturas, que no puedo brindar
precisiones sobre mucho más que del paso del tiempo. En momentos como este es
cuando me reprocho no haber escrito un diario desde que era más chico. Después
me digo que me hubiesen fajado más en el colegio de haberlo hecho, y mínimamente
se me pasa. Aunque la verdad que me encantaría que haya un registro de eso.
Del momento en que nos hicimos amigos, digo.
Siempre nos causó gracia a los dos nuestra primera
conversación, que eso si lo retenemos. Siempre se acuerda que en la primera
clase de cuarto grado yo contestaba todas las preguntas de la maestra y hasta
le hice creer que yo era de los más vivos. Uno de esos días, con la verdad ya
revelada, me acerqué hasta el último banco del fondo del aula para pedir algo
prestado y noté que él tenía una cartuchera de Gimnasia. Nuestro primer dialogo
sonó como una decepción mutua y eterna al averiguar que colores nos corrían por
las venas. De ahí en más, todo se vuelve difuso. En algún momento de aquel año
2000, pactamos implícitamente que eramos amigos de los que aguantan.
Y estoy seguro que fue entonces, porque un tiempo después,
un tres de noviembre de 2003 para ser más exacto, el Torre me dejó claro que el vínculo que teníamos
era ya muy fuerte. Hoy lo entiendo como
uno de los primeros recuerdos de su escencia como tipo, como compañero, como
hermano.
Cuando yo era muy chiquito, tanto como para preguntar el por
qué de todas las cosas, me explicaron que el abuelito que mi papá tanto quería
se había ido al cielo y que por eso ya no lo iba a ver nunca más. Que ahora era
una estrellita que estaba arriba, bien alto y que la tenía que saludar.
Incluso, hasta me mostraron una que brillaba más que todas y me dijeron que ahí
estaba, mirándome. Confieso ahora, a los 24 años, que esa fue una de las
mentiras más hermosas que alguna vez me hayan contado.
El asunto es que, medianamente, crecí preparado para aceptar
la perdida de la vida humana. Para encontrar cierto optimismo en la partida de
un ser querido, cierta aceptación matizada con la esperanza de que seguramente,
su presente sería mejor allá en alguna parte donde sea que le toque estar. Creo
que en el fondo sabía que era una incógnita, pero como todo lo incomprobable,
siempre terminamos quedándonos con los que nos hace sentir menos mal.
Pero hete aquí que un mediodía de febrero de 2002 la abuela
Eva silbó con su melodía en la puerta de casa y cuando salí me encontré con que
en el canasto de su bicicleta había una bolita chiquita y negra, una perrita
que de tan fea a mí me pareció hermosa y me enamoró para siempre. Fui muy feliz
el tiempo que estuve con Angie en casa. Sigo sosteniendo que uno como nene no
está completo hasta que tiene una
mascota a la que amar.
Angie era una perrita chiquita, inquieta y rápida, tanto de
todo eso que descubrió muy pronto que se podía escapar por la ventana y ganar
la libertad. Como esos nenes de tribus africanas que ven una cámara por primera
vez, ante la ignorancia del peligro, nunca sentí miedo. No sé me ocurría que
algo malo le podía pasar.
Hasta que un domingo de noviembre del año siguiente,
habíamos llegado de tomar mate en Punta Lara y papá decidió lavar el auto y yo
lo ayudé y Angie escapó por la ventana y frente a mis ojos de niño iluso un 504
la pasó por encima fragmentando para siempre lo que alguna vez fue mi infancia.
Hasta ese momento de mi vida, no recuerdo un día más triste.
En algún momento de esa tarde eterna, el Torre me llamó para
pedirme una tarea, porque a veces el destino tiene esas cosas. Él sabía que yo
no era el compañero más idóneo para consultarle asuntos del colegio, pero él me
llamó y yo atendí y me encontró llorando, llorando mucho, tanto que lo asusté.
Imagino que lo asuste, bah. A lo mejor ya estaba preparado.
Sí, es probable. Eso debe ser. De lo contrario no le encuentro sentido a que al
otro día a las siete de la mañana, un pibe de 13 años haya esperado en la
esquina del colegio, antes de entrar, para regalar un gesto de fidelidad como
ese. Esas son cosas de gente grande. Y
de gente grande muy, muy buena. Ahora que soy grande lo sé.
El asunto es que el Torre me vió y no emitió ninguna
palabra. Lo recuerdo patente, con las dos manos en las tiras de la mochila, en la mañana que quería ser mañana pero
todavía no era, parado en la esquina de 44 y 29, con la mirada incómoda,
esperando que yo pase al lado suyo para no decir absolutamente nada y ponerme
una mano en el hombro que lo dijo todo y que me hizo llorar. Nunca le di las gracias. Creo que a él
tampoco le importaba.
Como tampoco le importó que lo haga 11 años, cuatro meses y
diez días después, cuando llegó, con el resto de los chicos, quince minutos
después de que yo pensara y sintiera que había arrebatado una vida. Había
manejado la situación como podía. Había sido un hombrecito, y cumplí al pie de
la letra el procedimiento que debe cumplir cualquier buen samaritano. Pero algo
adentro mío se estaba rompiendo. Él lo debe haber notado, estoy seguro, aunque
esta vez tampoco se lo pregunté. Supongo que algunas cosas simplemente están
destinadas a morir en un misterio. Porque de alguna manera, cuando todos me
decían que ya estaba todo bien, que me quedara tranquilo, y yo empezaba a
escuchar las voces cada vez más lejos y me obnubilaban las luces de la sirena
de la policía, el Torre se quedó callado y me apoyó la mano otra vez, pesada, sobre
mi hombro derecho. Y yo, de nuevo, esta vez más disimulado y en silencio, no pude evitar
llorar.
miércoles, 15 de julio de 2015
Hacerse hombre
Hoy se cumplen cuatro años desde que me hice hombre. Sí, cuatro años, cuando tenía 20. Ya sé que era grande, pero se dio así. Si esto lo leyera alguno de mis abuelos, mi viejo incluso, me dirían que en su época esas cosas pasaban antes; que a los 13 años uno ya tenía responsabilidades diferentes y que sé yo. A mi me tocó nacer en 1991, que le voy a hacer.
Me acuerdo que era un día feo, un viernes gris, muy frío y oscuro. No tengo todos los detalles, está claro. Igual siempre me llamó la atención la capacidad que tenemos para retener esas cosas, cuando diariamente se nos hace imposible hacer memoria de donde carajo dejamos las llaves.
Podríamos decir que la secuencia empezó con ese mensaje que me mandó mi mamá a las 12:30 del mediodía de ese viernes gris, frío y oscuro del 15 de julio de 2011, pero la verdad es que seríamos injustos, porque se empezó a gestar mucho antes y más que el comienzo, fue el final anunciado. Pero el relato arranca ahí.
Meses después le iba a reprochar a mi mamá, varias veces y de diferentes formas, que ese sms que me mandó a mí y a otras diez personas me era totalmente impersonal. Fui uno más en una cadena en la que había gente que reaccionó de diez formas diferentes, pero que a ninguno le cayó como a mí. ¿Es justo? ¿Es coherente que una persona a quien le chupa un huevo lo que está leyendo se entere de la misma manera que yo y al mismo tiempo, que mi abuelo acaba de morir? Y además las formas, ¡las formas! ¿Por un mensaje de texto!!? ¿A vos te parece!?
Con el tiempo me fui dando cuenta que toda esa bronca era una excusa, un descargo, una necesidad de culpar a alguien. Vedettismo. Mi abuelo estaba muerto. Ahí estaba la papa.
Pero volviendo al viernes gris, en ese momento perdí los detalles. Me acuerdo muy bien que estaba parado en el rincón opuesto de esta oficina en la que estoy escribiendo esto, parado junto al dispenser. Sé que llamé a alguien para confirmar la noticia, pero no me acuerdo a quien. No presté atención sí mis compañeras habían tomado nota de lo que estaba pasando; era muy nuevo entonces. La precisión de la memoria llega hasta que le dije a mi jefa que había fallecido mi abuelo y que me iba, y que Beti se ofreció a llevarme pero yo justo ya tenía en la garganta algo que me apretaba y le dije que no con la cabeza sin poder contestar.
Me acuerdo que en 3 y 529 solté alguna lágrima y después el recuerdo ya salta derecho a la cocina de mi casa vacía. En algún momento del trayecto me enteré que mi hermano, que todavía estaba en la escuela, desconocía todo el asunto y sentí, por primera vez en mi vida, el peso sobre mis hombros de tener que decir algo realmente importante.
No tengo claro cual era la comida, pero por alguna razón asumí que a mi hermano le iba a hacer bien comer antes de recibir el golpe y cuando llegó, le serví algo con un puré, que él se enterará si lee estás líneas, estaba empapado. No le dije nada, ni lloré en su presencia. Me limité a esperar que terminara de comer.
¿Cómo se hace para destruir el día de una persona que se levantó pensando que era uno como todos los demás? Esto no estaba en el contrato, viejos. Yo no le puedo hacer esto a Nico, que es lo más sagrado que tengo. Yo no estoy preparado. Sigo siendo un nene. Quiero ser un nene. Quiero volver a dormir en la cama con mis ustedes.
Pero no se puede. Y asumo que hay que ser adulto y que tengo que ser el hermano mayor que Pape se merece, cuando termine de comer. Lo hago sin ningún gesto de solemnidad, simplemente me largo a llorar como una putita maricona hasta que Pape me pregunta que me pasa y le digo que se murió, que el abuelo Eduardo está muerto y este diálogo se archiva para siempre en la memoria de los dos aunque nunca volvamos a mencionarlo. Era un secreto hasta ahora. Perdón, Nico. Tu hermano no es tan macho.
Durante las siguientes horas la vida se transformó en un torbellino de mierda del que, por alguna razón, la gente que te quiere y que no está involucrada siente que tiene que sacarte. Pero no se puede, saben que no se puede.
Ese día me hice hombre porque también entendí que mi papá además de ser un buen humano, tenía unas pelotas enormes para agarrar la primera manija del cajón de un tipo del que una vez juró no ver nunca más. Con el tiempo me di cuenta que ese día aprendí lo que significa, literalmente, poner la familia adelante, la otra mejilla.
Más adelante, todo se vuelve difuso, irreal, vintage. El viernes gris es un sábado soleado. La postal del cementerio es amarilla. Ahí me veo abrazando a mi mamá y mi abuela, que está destrozada. Veo a Pape mirando fijo a papá, que es de nuevo, el primero en tirar la tierra arriba del cajón. Por eso papá es líder. Toma las decisiones que nadie puede, ni quiere. Marca el camino.
Ojalá mi abuelo me hubiese conocido siendo periodista, me hubiese encantado que Valentina lo conozca. Más me encantaría presentarle a la versión de mi mismo hecha hombre. Lamentablemente, ambas cosas no pudieron ser contemporáneas. Y hoy, justo, se cumplen cuatro años desde aquel mediodía en la cocina donde me di cuenta que de ahí en más, me iba a importar un carajo decirle lo que siento a cualquier persona que tenga enfrente. Ese peso ya lo perdí.
miércoles, 1 de julio de 2015
Diez segundos
Sí leyeras esto al momento que lo escribí, te preguntarías que me anda pasando. Que por qué no duerme este muchacho, que estás no son horas, que mañana hay que laburar, que va. Tenés razón. Por eso te debo la verdad: esta noche me acosté muy triste.
Antes que me digan algo, no; no me equivoqué de foto. La imagen es esta. La captura que ilustra este ¿texto? ¿Ensayo? ¿Confesión? ¿Desahogo? es la correcta. No es que padezca de algún síndrome de los que algunos anuncian con alarmante liviandad por redes sociales, o que soy una jubilada de power point que no sabe bucear en Google Images. Sé que todos eligieron quedarse con una diferente. Supongo que en mi afán de sentirme importante, de jerarquizar mis defectos, podría decir que soy distinto a los demás. Aunque, honestamente, estaría faltando a la verdad.
Me quedé con ésta porque aunque ustedes no lo sepan, esa foto es el símbolo del fin del mundo con el que alguna vez llegamos a soñar. Y como todo masoquista, la pienso utilizar como un espejo de la realidad en la que nos toca habitar, como un recordatorio de lo que tuvimos y no pudimos disfrutar.
Si me sincero, bah, me confieso, debería decir ciertamente que por un momento, por diez segundos, ese mundo fue nuestro. En algún punto imaginario del Meridiano de Greenwich lo paralelo y lo anhelado se encontraron para dar inicio a una etapa efímera, pero gloriosa, que alcanza su clímax en el momento exacto en el que algún fotógrafo desconocido y mal pagado disparó su cámara atrás de un arco en Concepción.
Digo diez segundos porque el diez me parece un número hermoso, y además me encantan los números redondos. Y además (además) estoy muy triste para darle mucha rosca al balero y muy cansado como para andar retrocediendo y avanzando en algún vine recortado. Cerremos en diez, que va. Que para nuestra existencia, sigue siendo un tiempo escaso.
Sé también, amigo que has llegado a este punto, que este texto ya lo escribí muchas veces, de muchas maneras diferentes. Advierto de nuevo, como casi siempre, que este cuento, si se quiere llamarlo de esta manera, no tiene final feliz, aunque la aclaración esté de más. Derribando las estructuras literarias que yo mismo ayudo a reforzar en la facultad, esta historia encuentra su nudo cuando deja de existir.
Pero sí, claro, tiene un principio todo este verso, todo este chamuyo que ya te robó minuto y medio de lectura. No voy a ser preciso, me da pereza hacerlo, pero acordemos que sucede en algún momento del segundo tiempo entre Argentina y Paraguay. Tiene protagonistas varios y unos cuantos actores de reparto.
El primer artista es un chico rosarino, con cara de tarambana (cuantas veces me han dicho que somos parecidos!) que está parado en diagonal al arco que defiende Justo Villar. Sí la cámara pudiera rotarse y ubicarse directamente sobre su expresión, estoy seguro, sus ojos sin brillo apuntarían, paralelos, a cualquier parte. Ningún especialista en lectura de señas podría adivinar lo que está tramando, el siguiente paso que va a dar. Nada hace presagiar que está por redactar la carta magna de la redención del mundo. Y sin embargo lo hace: Messi cambia la pelota de derecha a izquierda y un ignoto jugador guaraní queda congelado en alguna parte del Ester Roa.
Al mismo tiempo, cuando la gesta lleva apenas dos segundos, una pareja de Kansas que, discutiendo, acaba de revolearse con un zapato y un velador, se miran el uno al otro de cada lado de la mesa de vidrio que ocupa el centro de su comedor. Ella moquea desconsolada y está pálida, con los ojos hinchados de tanto llorar. Él parece sacado de una adaptación teatrera barata de la vida de Edgar Allan Poe, un oficinista borracho al que acaban de echar a golpes de alguna cantina de mala muerte. En el instante en el que parece que su matrimonio empieza a cavar un pozo en el subsuelo, un jugador argentino al que ni conocen, que juega un torneo que no sabían que existía de un deporte del que se burlaron en días mejores, acaba de dibujar una hermosa gambeta, lo que sea que eso signifique. Y él hombre, alienado por una fuerza cósmica que lo supera, lo envuelve y lo humaniza, salta por encima de la mesa y besa a la mujer a la que acaba de tirarle sus mocasines con una pasión y una devoción que creían ya olvidada.
Con la mente todavía en blanco, Messi acepta con una naturalidad escalofriante que el rival al que acaba de esquivar como si fuese un cono ya no es un inconveniente para sus propósitos y sigue avanzando con la pelota pegada a la zurda. Ahora son dos los paraguayos que lo enfrentan y tras eludir a uno hamacándose a la izquierda y otro con un similar movimiento hacia el lado contrario, puntea para Javier Pastore, que lo espera en la puerta del área, incrédulo de lo que acaba de pasar. Iban cinco segundos.
En Nigeria, en un barrio en la que no existen las computadoras ni los televisores para ver los trucos del Mago Lío, Sahíra, una nena de 12 años que acaba de casarse con un hombre que no conoce y que la triplica en edad, logra desatarse las muñecas y sale corriendo, semidesnuda, por las calles de Abuya. Sahíra no llora, porque no es su naturaleza, pero francamente admite que tiene mucho miedo, sobre todo cuando ve a un policía doblar la esquina y alumbrarla con una linterna en la madrugada africana. Ella ignora que en ese momento, el mundo está en estado de gracia, y que al mismo tiempo en el que Pastore le devuelve la pared a Messi, el oficial se apiada de la niña que tiene enfrente y la arropa con su campera de la Fuerza, escoltándola hasta el edificio de la CRC, una de las pocas organizaciones que existen en África que todavía vela por el derecho infantil.
A esta altura del encuentro, el estadio de Concepción es una verdadera tumba de emociones difícilmente reconocibles. Muy pocos de los presentes asumen que acaban de ver una obra de arte, aunque lo entienden, pero simplemente no logran detener los cantos de sus almas. Ignoran que cuando Messi le devuelve la pelota al Flaco ya dentro del área, dos abuelos que hacía tiempo habían tirado la toalla encuentran sus cuerpos en una demostración de amor que excede los gestos que se regalan cada mañana. Dibujan una jugada memorable mientras desconocen absolutamente que un padre de familia en Salta, baleado seis meses atrás cuando cerraba su casa de comidas, acaba de despertarse del coma contra todos los pronósticos, porque quiere ver la final.
Más acá, militantes de La Cámpora que salían a pintar bigotes fascistas en los afiches de Mauricio Macri, se encuentran en Palermo Soho con Héctor Magnetto y aunque el Ceo no puede, se abrazan esperando para gritar el gol mientras apenas ven las acciones del partido a través de una ventana mal polarizada de un chalet que se acaba de estrenar.
Iban ocho segundos cuando Pastore le cedió el esférico por el centro a Messi y yo dejé de prestarle atención al televisor y me volqué absolutamente a Valentina, que siempre lo fue pero ahora me parecía más linda que nunca. Fue un instante, pero fue glorioso. La miré fijo y todavía dudo sí las palabras llegaron a salir de mi boca o solo las imaginé, pero estoy seguro, de alguna manera en ese momento sublime le pregunté, conmovido, extasiado, obnubilado y feliz, sí quería que, esta noche y para siempre, tengamos un bebé. Ella no se dio cuenta. Estaba atrapada, también para siempre, en la jugada mágica que estaba dibujando Lionel.
Lamentablemente para ese chico japonés que creía que podía volar y saltó hacia el vacío de la imponente Tokio, los sueños son efímeros. Lo que esta noche pasó en Concepción, la razón por la que duermo triste, esa paz de diez segundos en la que no cayeron bombas en ningún país de Oriente Medio, se cortó abruptamente cuando la pelota se fue un poco larga y Messi remató, mordido, a las manos de Villar.
jueves, 21 de mayo de 2015
Renuncio
Apagué
el despertador a la quinta o sexta vez que sonaba, con una canción que ni
siquiera sabía que tenía en el teléfono. Cada vez que sacaba el brazo para
pausarlo otros diez minutos, me congelaba y reforzaba la idea de no levantarme
nunca. Me abrazaba a mi mismo hasta quedarme dormido otra vez. Al final, no
quedó otra.
Llueve
mucho. Pienso que generalmente me entusiasma que llueva, pero hoy no. No me
causa gracia la idea de pasar con la camioneta y mojar a los pobres que esperan
el micro. Hoy me pone triste. Además hace frío, y a mi el frío me rompe las
pelotas. Me quiero lavar la cara pero no hay agua caliente. Me disfrazo con
ropa enorme para abrigarme y me preparo un café con whisky. Apoyo la frente en el
vidrio y queda empapada, pero no importa. Aprieto los dientes para
acostumbrarme a la sensación y de paso dejo que las gotas que me caen de la
nariz se confundan con las que transpira la ventana. Si no fuera un asco sería
un escenario bastante poético, pienso. Pero es una escena bastante patética, la
verdad.
Desde
esta altura puedo ver toda la ciudad hasta donde empieza lo verde y más también.
Me hace acordar a unas vacaciones con Kevin en Mar de Ajó, cuando jugando con
los ascensores descubrimos por una ventana un estadio abandonado que estaba a
kilómetros de distancia, escondido entre los árboles. ¿Cuántas cosas cambiaría
y cuantas cambiaron desde entonces? Miro para abajo y pienso en la cantidad de
gente que anda rondando por ahí, mejor y peor que yo. No es consuelo. En lo que
a mi concierne hoy es un día de mierda.
Prendo
el smart y el noticiero dice el noticiero que se murieron no sé cuantas
personas. Que se inundó no sé qué villa porque explotaron al mismo tiempo un montón
de tanques de agua pintados con la bandera de Boca y que los cuerpos andan
flotando por ahí, sin peajes, como en la India pero con más onda. Menos mal. Desde esta
altura no se alcanza a ver.
Me
cayó mal el desayuno. Voy al baño y hay sangre, mucha sangre, la suficiente
como para asustar a quien tiene miedo de morir. A mi la verdad no me importa.
Me preocupan más las pirañas.
lunes, 30 de marzo de 2015
Las hojas del otoño
El otoño me deprime. Siempre lo hizo. Lo relaciono
irremediablemente con la llegada del frío que desprecio y el comienzo de las
clases, que me genera sentimientos símiles. Y una cosa lleva a la otra, vio. Porque si hay
algo que odiaba de la escuela era que mamá me limpiara con su saliva los
bigotes de jugo antes de irme. ¡Como si todo el proceso no fuese una mierda ya,
que todavía tenía que ir con baba de madre en la cara!
Vivir cerca del colegio tenía sus desventajas y beneficios.
Ratearse hubiese sido una boludez. Nunca me tuve que tomar un micro para
llegar, nunca supe cuánto valía el boleto estudiantil ni usé guardapolvo
siquiera una vez. Pero lo más choto de todo el asunto, era que antes que
pudiera sacarme la baba de la jeta, ya estaba en el patio, rodeado de pibes que
jugaban a las bolitas, de chicas que saltaban la soga y de esas hojas que deja
caer el otoño de mierda. Y no tenía más que aceptarlo. La vida era eso. Cuando
miro para atrás, me relaja asumir que otros tomaron por mi esa decisión.
Sobre todo cuando me veo varios otoños más adelante corriendo
por la calle de madrugada, esperando que venga algún hijo de puta a robarme
para darle una patada en las pelotas. Y corro angustioso, con unas zapatillas
que dan lástima, una bermuda cuyo botón explotó por la panza, la chomba celeste
que extiende su cuello solapado por encima de la campera negra conformando una escena bastante ridícula. Y cuando me freno porque el asma está acabando con lo que me queda de
vida, las veo. Tomándome el pelo, a
escasos metros, en toda la cuadra. Disimulan, como si el hecho de que fueran
testigos de los momentos más tristes de mi vida fuera una casualidad absoluta.
No se mueven ni un centímetro, no hay viento que las pueda despegar. Amarillas,
resecas, sin brillo. Serán testigos.
Las hojas que viola este otoño de mierda.
martes, 13 de enero de 2015
Autestima para Niños Gordos
No sé todavía cual de los dos es el momento más patético:
si el primero, cuando busqué en google “Como
levantar el autoestima” o el segundo momento, cuando me propuse leer
atentamente lo que acababa de buscar.
Afuera hay un montón de pajaritos que parecen estar
avisándose entre ellos que ya, que en cualquier momento, que guarden todo, que
en instantes el cielo se hace mierda. Al
lado mío la policía que cuida la entrada cuenta que está ahorrando para irse de
vacaciones a San Clemente. Dice que a
su nene le encanta ir al Sacoa y a mi
me encantaría decirle que en San Clemente
no tenemos Sacoa sino que tenemos El Disco
Rojo pero me doy cuenta que dije tenemos y también me doy cuenta que no me
está contando a mi.
Así que me concentro en mi monitor
cuadrado, culón y noventoso que cada tanto parpadea y se deja teñir de rojo, de
azul y de verde, según lo que mande la historia que irremediablemente tiene
destino de conteiner. Hace cuatro años tengo el mismo aparato enfrente. Cuando
empecé a trabajar lo veía de lejos y ahora lo tengo casi pegado a la ñata. Prácticamente
no veo.
En la búsqueda de google me saltan
una encima de otra miles de sugerencias de que baje de peso y cómo hacerlo. Reviso
en la barra si yo busqué “¿Cómo levantar
el autoestima de un gordo?” y veo que no, entonces reviso por todos lados a
ver si hay alguna cámara que le haya buchoneado al gugli que tengo varios kilos de más pero no hay nada che, nada. Parece
que los flacos se estiman mucho, se ve. Claro, que nabo. Eso debe ser.
También me lleno de anuncios de
sugerencias para agrandar mi pene, con muchas fotos bastante elocuentes y
vuelvo a revisar que no haya cámaras y como en los dibujitos me fijo si esto es
un sueño y si traje pantalones. Los traje. Me siento tentado de entrar (para
boludear claro) pero me digo que no, que sino el momento más patético sería ese
y me rio, y me agrando y pienso pobres los tipos que entran ahí y se ven
invadidos por virus y mails que ofrecen viagra. Me ha pasado. Es un bajón.
En ningún lado me sugieren que trate
de no chocar mi auto nuevo, ni destruir la casa que estoy cuidando, ni de hacer
las dos cosas al mismo tiempo. No me sugieren rendir finales ni proyectar
realidades, sino esa pajareada trascendental de viajar a India a sentirte en
paz con vos mismo mientras ves la pobreza, mierda y muerte alrededor. Sólo hay
fotos de musculosos pijones que deben manejar como Schumacher y no deben cuidar
la casa de su abuela porque le deben pagar a alguien para que lo haga. Y porque tienen su propia casa quinta que
cuidar, of course.
Me cae la ficha que es martes 13,
martes de lluvia infinita que todavía no explota. Los pajaritos se callaron. La
policía dejó de hablar de San Clemente. El monitor y el cielo se abrazan en un
color rosa bebé que solo augura peores cosas. Parece que google no tiene todas
las respuestas. La siguiente pregunta que pienso hacerle es como hago para
cobrar sin trabajar.
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